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Análisis

El caso de los “7 de Cornell” deja una inquietante pregunta: ¿cómo estamos criando a nuestros hijos?

No hay soluciones fáciles, escribe Holly Baxter, pero podemos empezar por preguntarnos por qué esperamos tan poco de los niños y exigimos tanto de las niñas

Sale a la luz la aterradora demanda por violación en grupo de los 7 de Cornell: todo lo que sabemos
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“Estoy trabajando con detenimiento y esto llevará tiempo. Ya recibí nombres, fotografías, documentos, mensajes y otros materiales relacionados con el caso”, se lee en el sitio web. “Antes de publicar ese material, quiero asegurarme de que cada identidad sea correcta y que cada fotografía corresponda a la persona indicada”.

El autor del mensaje es Toby Morton, exguionista de South Park. El sitio en cuestión es TheCornell7.org, que por ahora permanece casi vacío mientras recopila información sobre los jóvenes conocidos como los “7 de Cornell”. El caso, que salió a la luz tras la demanda civil presentada en Nueva York por una mujer que alega haber sido violada en grupo en la universidad en 2024, adquirió una inesperada notoriedad en los últimos días.

La actriz Florence Pugh se pronunció sobre el caso en Instagram y volvió a hacerlo después, cuando acusó a la plataforma de censurar su publicación. Alexandria Ocasio-Cortez también abordó el tema en Ithaca. Cornell emitió primero un comunicado que recibió críticas por su respuesta al caso y publicó después otro en el que rechazó la versión de que a cinco de los siete hombres implicados solo se les hubiera pedido escribir ensayos. Por su parte, el fiscal de distrito del condado de Tompkins, cuya oficina no abrió una investigación penal en un primer momento, decidió reexaminar el caso.

A esto se sumó un intercambio de Snapchat que CBS obtuvo y que, según se alega, corresponde a la noche de la agresión. En los mensajes, uno de los hombres pregunta: “¿La tienda sigue abierta?”, a lo que otro responde: “Sí”. Según la demanda, la “tienda” era una referencia a la joven, quien se encontraba incapacitada, y “abierta” significaba que estaba disponible para ser abusada.

El caso reavivó el debate sobre la cultura de la violación y provocó indignación por las actitudes misóginas que reflejan las acusaciones. Pero también resulta demasiado familiar. Recuerdo haber escrito un artículo similar sobre el caso de Brock Turner en 2016, cuando el entonces nadador de Stanford fue acusado de agredir sexualmente a una mujer inconsciente detrás de un contenedor de basura tras una fiesta de una fraternidad. Turner fue condenado, pero su padre salió en su defensa con una frase que se me quedó grabada: lamentó que “20 minutos de acción” fueran a definir la vida de su hijo.

Aun después de ser declarado culpable, Turner pasó solo tres meses en prisión. Su víctima, Chanel Miller, renunció años más tarde al anonimato y publicó en 2019 sus memorias, Know My Name (Conoce mi nombre). Todo lo que relata en el libro deja claro que, tras aquellos “20 minutos de acción”, fue ella, y no Brock Turner, quien tuvo que cargar durante años con las consecuencias.

Una estudiante camina por el campus de la Universidad de Cornell el 29 de septiembre de 2026 en Ithaca, Nueva York
Una estudiante camina por el campus de la Universidad de Cornell el 29 de septiembre de 2026 en Ithaca, Nueva York (Getty)

Dos de los hombres implicados en el caso de los 7 de Cornell fueron expulsados de la universidad y su fraternidad quedó vetada de forma permanente. Sin embargo, la mayoría se graduó y varios consiguieron empleos de prestigio en grandes empresas. Uno de ellos, que trabajaba en Wells Fargo desde 2022, acaba de ser despedido por el banco. La mujer que los acusa de haberla violado en grupo, en cambio, abandonó sus estudios después de denunciar la presunta agresión.

Cuando pienso en este caso y en que ahora soy una mujer que cría a un hijo en Estados Unidos, me dan ganas de gritar contra una almohada. Crecí en una época no tan lejana en la que había anuncios de servicio público en el metro que advertían que “las chicas jóvenes que se suben a taxis peligrosos acaban siendo violadas”, y en la que se comparaban las faldas cortas de las adolescentes con dejar la puerta de una casa sin llave, como si ambas cosas fueran una invitación al delito. Recuerdo con claridad una cena en casa de un exnovio en la que su madre, mientras comíamos espaguetis, comentó con total naturalidad que las chicas que salían vestidas de cierta manera no debían “preguntarse por qué las violaban”. Como si la violación fuera un fenómeno meteorológico en el que una puede quedar atrapada y no un delito cometido por otra persona.

En algunos aspectos, avanzamos. Es positivo escuchar a Florence Pugh decir algo que debería resultar obvio: si queremos acabar con las violaciones, los hombres también tienen que hablar de ellas; no puede ser una conversación reservada a las mujeres. Al menos, en el discurso público de 2026, pretendemos reconocer que la responsabilidad recae sobre quien comete la violación. Y, a diferencia de lo que ocurría en 2016, ahora es más habitual pedir a los hombres que cuestionen entre ellos los chistes sobre violaciones y los comentarios misóginos, y que lleven estas conversaciones a sus propios espacios. Sabemos que la misoginia puede arraigarse y reforzarse dentro de círculos cerrados, y que combatirla desde esos mismos entornos es importante. El problema es que reconocerlo no basta para que ocurra.

Precisamente esos espacios cerrados forman parte del problema. Las fraternidades, tan arraigadas en la vida universitaria estadounidense, pueden fomentar dinámicas preocupantes, desde novatadas de estilo militar y códigos internos casi mafiosos hasta concepciones exageradas de los roles de género, algo que también ocurre en las hermandades femeninas. La convivencia en espacios separados por género puede reforzar estas dinámicas, del mismo modo que las actitudes sexistas pueden reproducirse en escuelas exclusivas para hombres o para mujeres.

A esto se suma ahora la manosfera: un ecosistema en el que algunos hombres intentan atraer a adolescentes con promesas de dominio sobre las niñas y las mujeres. Entre sus figuras más conocidas están Andrew Tate y su hermano, quienes afrontan graves acusaciones y procesos judiciales en distintas jurisdicciones. A pesar de ello, mantienen enormes audiencias en internet y vínculos con figuras de alto perfil.

¿Qué estarán pensando hoy los padres de los siete estudiantes de Cornell? No dejo de darle vueltas, pero ni siquiera consigo imaginarlo con claridad. Durante mi embarazo, además, me sorprendió la cantidad de hombres que me dijeron que se sentían aliviados de tener niñas o decepcionados por tener niños porque pensaban que criar a un varón sería una pesadilla.

Detrás de esas conversaciones había otra idea: que la alternativa a ese niño convertido en pesadilla sería una niña dócil y dulce, la consentida de papá. También parecía esconderse cierto temor o rechazo de esos padres hacia aspectos de su propia adolescencia. Es mucho más fácil no examinar esos sentimientos que verse obligado a hacerlo ante la llegada de un hijo.

Y ahí está una parte fundamental del problema: como sociedad, seguimos esperando muy poco de los niños y muchísimo de las niñas.

Solemos decir que las niñas maduran antes en lo social y emocional, o que desarrollan el autocontrol con mayor rapidez, aunque no existen pruebas científicas sólidas que respalden esa idea. Desde pequeños, a los niños se les repite que van rezagados en la escuela, aunque no sea así. Cuando se portan mal, actúan con agresividad, rompen cosas o se pelean con sus compañeros, muchas veces se minimiza su conducta con un simple “son cosas de niños”.

De las niñas, mientras tanto, esperamos que se comporten como pequeñas adultas: que sean responsables, sensatas y hasta diplomáticas tanto en casa como en la escuela. Y cuando cometen las mismas tonterías propias de la edad, con frecuencia las juzgamos con mucha más dureza.

El caso provocó indignación y renovó el debate sobre cómo las universidades responden a las denuncias de agresión sexual
El caso provocó indignación y renovó el debate sobre cómo las universidades responden a las denuncias de agresión sexual (Getty)

Después, trasladamos esas expectativas a la vida adulta: si una mujer llora, se la tacha de manipuladora, infantil o falsa, o de ser “demasiado emocional” para dirigir un equipo o incluso un país; mientras tanto, los hombres pueden tener arrebatos de ira sin recibir la misma etiqueta, como si el enojo no fuera una emoción tan real como la tristeza.

Creo en criar a los hijos con expectativas altas. Espero que mi hijo sea trabajador, amable y respetuoso; que se relacione por igual con chicas y chicos, y que no vea a las chicas solo como posibles parejas, sino como personas con las que puede entablar una amistad. También quiero que aprenda a cuestionar la autoridad. Si desde pequeño entiende que no tiene que obedecer ciegamente a quien tiene poder sobre él, quizá algún día, cuando esa figura sea el líder de una fraternidad, sepa que también puede plantarse y decir que no.

Por desgracia, el autoritarismo y la veneración de figuras masculinas volvieron a ganar terreno entre una parte importante de la población. Mientras Pete Hegseth presume de ser un “guerrero” e invita a Jake y Logan Paul a dirigirse a las fuerzas armadas, también dedica mucho tiempo a promover, con sus palabras y su ejemplo, una obediencia casi reverencial hacia un líder, sin importar lo que diga. Basta observar cualquier anuncio en el Despacho Oval o asistir a un acto de MAGA para encontrar esa misma deferencia y esa exaltación de una mentalidad militar que enseña a seguir al superior hasta la trinchera si así lo ordena.

Pero enseñar a un niño a obedecer ciegamente a cualquiera equivale a privarlo de su capacidad para decidir y, al mismo tiempo, deja más vulnerables a quienes lo rodean. No podemos esperar que la primera vez que cuestione a una figura de autoridad sea cuando alguien haga un comentario sexista en una fiesta. Aprender a detectar una mentira o reconocer que alguien está equivocado es una habilidad que se construye durante años de conversaciones sobre una idea fundamental: todos podemos equivocarnos.

Por supuesto, todo esto solo sirve si dejamos de dar por sentado que nuestro hijo será siempre “uno de los buenos”. También debemos reconocer que cualquiera puede hacer cosas malas y que cualquiera puede criar a una persona capaz de hacerlas. Porque, si imaginamos a los violadores solo como monstruos, nunca podremos conciliar esa imagen con los rostros inquietantemente dulces de jóvenes que, según las acusaciones, escribieron en un chat grupal sobre una mujer como si careciera de humanidad. Será más fácil pensar que ella se equivocó o que miente; incluso convertirla a ella en la mala por atreverse a insinuar que unos jóvenes “tan buenos” pudieron hacer algo semejante.

No existe una solución sencilla para una sociedad en la que puede producirse un caso como el de los 7 de Cornell. Si existiera, desde luego yo no estaría en condiciones de ofrecerla. Pero sí hay momentos, en la mesa con nuestros hijos, en la escuela o al teléfono cuando ya están en la universidad, y espacios, como las fraternidades, las fuerzas armadas, las policías universitarias y los comités académicos integrados total o mayoritariamente por hombres de mediana edad, que debemos examinar con mucha más atención.

Porque la justicia por mano propia en internet no es ni correcta ni suficiente. Y resulta desolador que miles de mujeres en todo el mundo parezcan coincidir en que, al final, es lo único que realmente tienen.

Traducción de Leticia Zampedri

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