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‘Guerra’: Sienna Miller brilla en un drama de divorcio elegante y sofisticado que no tiene piedad con nadie

Dominic West coprotagoniza una mordaz serie legal que arremete contra los ricos mientras se divierte a costa de ellos

Tráiler de ‘Guerra’ - Subtitulado
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Desde los primeros minutos del thriller legal de Sky Atlantic, Guerra, queda claro que el magnate tecnológico Morgan Henderson (Dominic West) es, como mínimo, un hombre bastante despreciable. Durante una ostentosa gala, recibe el premio al pionero del año por el éxito de Zephyr, su plataforma de redes sociales “positivas”. En su discurso lamenta que estas plataformas dividan a la sociedad y reclama una mayor responsabilidad en internet. Sin embargo, su aparente humildad no tarda en desmoronarse: Morgan es arrogante, moralista y poco fiable. ¿Y qué hay de asumir responsabilidades en la vida real? Su compromiso con la honestidad queda pronto en entredicho cuando se acuesta con una desconocida de aproximadamente la mitad de su edad tras un encuentro aparentemente fortuito en un pasillo.

Pero su encuentro con Flora Monroe (Rose Williams) no tiene nada de casual. Todo forma parte de un plan de Carla Duval (Sienna Miller), esposa de Morgan y una famosa actriz cuya carrera atraviesa un mal momento, para conseguir pruebas de su infidelidad antes de pedir el divorcio. A partir de ahí, ambos recurren a sus respectivos equipos legales: Morgan queda en manos de los elegantes y tradicionales Cathcarts, instalados en sobrias oficinas revestidas de madera, mientras Carla elige al combativo equipo de Taylor & Byrne, que trabaja bajo implacables luces fluorescentes. ¡Que comience la batalla!

En medio de esta guerra de dinero, egos y abogados aparece Johnny Warren (Archie Renaux), un joven abogado ambicioso, carismático y de verbo fácil. Criado en Peckham y después de experimentar tanto el éxito como el fracaso en Nueva York, regresa decidido a abrirse camino hasta la cima a fuerza de ingenio y astucia. Pronto consigue un puesto en Taylor & Byrne, aunque oculta un secreto que amenaza con complicarlo todo: en realidad, es un agente doble infiltrado por Cathcarts.

Su llegada tampoco pasa inadvertida entre sus nuevos compañeros. La mayoría de las mujeres —y algunos hombres— de Taylor & Byrne se sienten atraídos por él, pero la seducción es apenas una pieza más del juego. Johnny empieza a tejer una intrincada red de engaños, ambiciones y deseos que, inevitablemente, parece destinada a terminar mal.

Sienna Miller y Dominic West en ‘Guerra’
Sienna Miller y Dominic West en ‘Guerra’ (Sky/ HBO/ New Pictures)

Los dramas elegantes, sofisticados y despiadados como este dependen de una precisión milimétrica. Por eso, West y Miller resultan perfectos para sus papeles y la química entre ambos es impecable. Sus personajes son privilegiados, egocéntricos y calculadores, lo suficiente como para que disfrutemos de cualquier desgracia que les depare el futuro. Pero, al mismo tiempo, son tan divertidos y carismáticos que consiguen importarnos. Incluso cuando la tensión entre ellos se vuelve palpable, la conexión es tan convincente que resulta fácil creer que alguna vez fueron una pareja tormentosa, pero apasionada.

Para disfrutar plenamente de War, probablemente haya que suspender la incredulidad de vez en cuando. Como retrato del cinismo tóxico de los abogados de élite, la serie es brutalmente eficaz, aunque por momentos roza la caricatura. En varios de sus ocho episodios, uno sospecha —o al menos espera— que una pareja real en pleno divorcio habría encontrado alguna forma de llegar a un acuerdo, sobre todo porque hay un hijo de por medio: el volátil adolescente Gabriel (Aran Murphy). Claro que eso no habría favorecido a los batallones de abogados ni, mucho menos, a un atractivo drama televisivo. Como creador de los entretenidos y verosímiles thrillers Lupin y Hijack, el guionista George Kay sabe hasta dónde puede llevar el realismo sin romperlo.

En cambio, la crueldad no hace más que aumentar. “Si juegan sucio”, promete Beatrice Ubosi (Nina Sosanya), abogada de Cathcarts, “nosotros los destruiremos por completo”. Poco a poco, los dos protagonistas quedan desplazados por las intrigas de sus abogados y empiezan a parecer simples piezas dentro de una partida mucho mayor. El reparto secundario es excelente: St John, el sádico exalumno de un colegio privado convertido en socio de Cathcarts, interpretado por Pip Torrens, bien podría protagonizar su propia serie de villanos, mientras Celia Imrie despliega una dulzura letal como Budgie, la abogada de Taylor & Byrne.

A medida que los equipos legales ganan protagonismo, también empieza a asomar algo parecido a la tesis central de Guerra. En una escena memorable, Morgan exige —en teoría— a un empleado que se desnude “hasta quedarse en calcetines” a cambio de un millón de libras. Lo que sigue es una reflexión cruel y autocompasiva sobre la riqueza desmesurada: según él, una vez que se alcanzan los primeros 100 millones de libras, la gente está dispuesta a rebajarse por cualquier precio. Cuanto más dinero se acumula, con mayor obsesión hay que protegerlo y con más ferocidad intentan arrebatártelo los demás. “Para gente como yo”, afirma, “la confianza no significa nada”.

Lejos de justificar la mentalidad de los multimillonarios, la escena parece apuntar en la dirección contraria. El drama muestra con claridad que una fortuna descomunal puede ofrecer lujo y seguridad, pero también puede tener como precio la alegría, el amor e incluso una autonomía personal básica. Y la forma en que semejante riqueza transforma la visión del mundo de quienes la poseen es algo con lo que el resto de nosotros debe convivir a diario, sobre todo cuando esos caprichos pertenecen a los propietarios de algunas de las plataformas de redes sociales más importantes del planeta.

Sin embargo, cualquier pretensión de mayor profundidad permanece en un segundo plano, si es que llega a aflorar. Guerra es, ante todo, un entretenimiento ligero pero placentero, sin verdaderos héroes, aunque tampoco carente de humanidad. Uno de los pequeños consuelos de vivir en un mundo dominado por multimillonarios es poder reírse de su ineptitud con la conciencia tranquila. En ese sentido, es un placer inofensivo y ejecutado con maestría.

Traducción de Leticia Zampedri

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