Película

La nueva y provocadora película de terror de Gillian Anderson podría llevarla por primera vez a los Oscar

La película de Jane Schoenbrun, ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’, cautivó al público del Festival de Cannes y logra algo poco habitual: comprender y aprovechar el magnetismo frío y poco convencional de la estrella de Expediente X, escribe Adam White

Tráiler de ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’
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Gillian Anderson nunca fue, en sentido estricto, una estrella de cine. Su territorio natural siempre pareció estar en la televisión, junto a intérpretes como Jon Hamm o Sarah Lancashire: actores cuyo magnetismo funciona mejor a lo largo de episodios y temporadas que concentrado en 90 minutos.

Su carrera televisiva también mostró una notable capacidad para transformar esa presencia distante y contenida. Del profesionalismo escéptico de Dana Scully en Los expedientes secretos X pasó a la fría sensualidad de Stella Gibson en The Fall, al humor impasible de Jean Milburn en Sex Education y a la rígida teatralidad de Margaret Thatcher en The Crown. Anderson es a la televisión lo que Leonardo DiCaprio al cine: una intérprete hecha para el medio, cómoda en sus códigos y capaz de adaptarse a sus cambios.

Por eso resulta refrescante verla convertida esta semana en una de las figuras más celebradas del Festival de Cannes gracias a Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, una película que por fin entiende cómo aprovechar ese magnetismo frío, extraño y ligeramente excéntrico que pocos cineastas supieron explotar.

En la cinta de Jane Schoenbrun, Anderson interpreta a Billy Presley, una antigua estrella de cine que desapareció de la vida pública después de encarnar a la “reina del grito” de Campamento Miasma, una película slasher de los años ochenta al estilo de Viernes 13.

Décadas después, Kris, una joven cineasta queer interpretada por Hannah Einbinder, de Hacks, recibe el encargo de escribir y dirigir una versión moderna del clásico y se propone convencer a Billy de que vuelva a actuar. La encuentra aislada en los bosques donde se rodó la película original, vestida con turbantes dignos de Norma Desmond y hablando enigmáticamente.

Entre dulces, conversaciones cargadas de tensión psicosexual y los fantasmas de una carrera olvidada, ambas comienzan a acercarse mientras una amenaza mucho más extraña acecha en el exterior: el asesino de Campamento Miasma, de identidad de género cambiante y con la cabeza cubierta por un enorme ventilador de techo, amenaza con emerger del lago situado frente a la casa de Billy.

Gillian Anderson durante la sesión fotográfica de ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’ en el Festival de Cannes esta semana
Gillian Anderson durante la sesión fotográfica de ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’ en el Festival de Cannes esta semana (Getty)

La propuesta puede parecer excesiva, pero Schoenbrun consigue que también resulte inquietante, romántica y divertida. La cineasta detrás de Vi el brillo del televisor (2024), una celebrada alegoría trans, construye una mirada original sobre los matices de la sexualidad y sobre esa atracción incómoda que puede ejercer el cine de terror incluso cuando recurre a sus elementos más cuestionables.

La película juega con esa contradicción: reconoce el carácter problemático de ciertos clichés del terror, como la sexualización de mujeres aterrorizadas, pero se pregunta qué ocurre cuando esas imágenes adquieren un significado más profundo y personal para quienes las observan.

En ese terreno, Anderson encuentra uno de sus mejores papeles de los últimos años. Su Billy puede resultar maternal y amenazante, reservada y reveladora al mismo tiempo, hasta el punto de que Kris nunca sabe del todo si quiere protegerla, destruirla o seducirla.

La interpretación también aprovecha ese toque camp que Anderson maneja con tanta soltura: se acerca a la exageración sin entregarse por completo a ella. Pero debajo de la extravagancia aparece una profunda tristeza. Billy deja entrever los horrores que presenció, la carrera que nunca pudo tener y una inocencia que perdió demasiado pronto.

Hablar de los Oscar suele ser uno de los ejercicios menos interesantes de los festivales de cine, pero, después de lo ocurrido con Demi Moore en La sustancia, ya no parece descabellado pensar que una película tan erótica, visceral y extraña pueda abrirse camino durante la temporada de premios. Y si alguien tiene posibilidades de destacar en esa conversación es Anderson, cuya interpretación lleva al cine esa mezcla de contención y extravagancia que marcó sus trabajos televisivos más recientes.

No es que a Anderson le falte experiencia en la gran pantalla. Participó en decenas de películas a lo largo de su carrera, pero pocas supieron aprovechar aquello que la convierte en una intérprete tan singular. En El último rey de Escocia, sobre Idi Amin, su presencia queda casi reducida a un elemento secundario, mientras que en La gran exclusiva, la película de Netflix inspirada en la polémica entrevista del príncipe Andrés, su Emily Maitlis termina inevitablemente eclipsada por el personaje de Rufus Sewell.

Y cuanto menos se diga de El sendero de la sal, estrenada el año pasado, quizá mejor. La adaptación llegó a los cines apenas unos días antes de que surgieran acusaciones que pusieron en duda aspectos centrales de la historia real en la que se basaba su relato sobre una pareja sin hogar que lograba sobreponerse a la adversidad.

Gillian Anderson y Hannah Einbinder en ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’, una historia marcada por las tensiones psicosexuales
Gillian Anderson y Hannah Einbinder en ‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’, una historia marcada por las tensiones psicosexuales (Mubi)

Solo una película pareció comprender de verdad el particular magnetismo de Anderson antes de Campamento Miasma: La casa de la alegría (2000), la elegante adaptación de la novela de Edith Wharton dirigida por Terence Davies. Allí interpretó a Lily Bart, una mujer de la alta sociedad sin fortuna, como una figura fría, traviesa y enigmática que avanzaba hacia un destino inevitablemente trágico.

En su estreno, Peter Bradshaw, de The Guardian, consideró que la actuación de Anderson merecía una nominación al Oscar. El reconocimiento, sin embargo, nunca llegó. Eran los primeros años del nuevo milenio, Los expedientes secretos X entraban en su etapa final —David Duchovny ya se había alejado de la serie— y Hollywood todavía veía a Anderson como una actriz de televisión que incursionaba de vez en cuando en el cine.

Cinco años después se instaló de forma permanente en Reino Unido, un país que ya conocía bien porque pasó allí buena parte de su infancia y donde desarrolló la capacidad de alternar entre los acentos estadounidense y británico. A partir de entonces, encontró nuevos desafíos en producciones como Bleak House, de la BBC, y en los escenarios del West End, con obras como Un tranvía llamado Deseo y Casa de muñecas.

Esos trabajos abrieron una nueva etapa en su carrera y le permitieron desprenderse poco a poco de la imagen de Dana Scully que durante años dominó la percepción pública sobre ella. El cine, sin embargo, tardó mucho más en encontrar papeles capaces de aprovechar esa evolución.

Hasta Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. La película recupera algo de la oscuridad que marcó los primeros años de la carrera de Anderson, pero la lleva hacia un terreno más salvaje, sangriento e imprevisible. Y si la recepción en Cannes sirve de indicio, en unos meses muchos estarán hablando de ella.

Traducción de Leticia Zampedri

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