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Elecciones en Perú: fragmentación extrema y el eterno dilema del mal menor

En el Perú electoral, cualquier cosa puede pasar

Todas las encuestadoras ubican a Keiko Fujimori en el primer lugar
Todas las encuestadoras ubican a Keiko Fujimori en el primer lugar (AP Foto/Guadalupe Pardo)

Hay algo borgiano en las elecciones peruanas de 2026, que se celebran el próximo domingo. No tanto por su complejidad, sino por esa inquietante sensación de repetición que desdibuja la frontera entre pasado y presente.

Como si el país hubiera entrado en un juego de espejos donde cada reflejo devuelve una imagen conocida, apenas alterada. Y entonces la paráfrasis a Jorge Luis Borges cobra un sentido político: “Los espejos y las elecciones son abominables porque multiplican el número de los candidatos”.

Hace cinco años analizábamos aquí la contienda, y hay mucho que se repite. Ni siquiera los nombres cambian. En medio de la natural incertidumbre ante las elecciones, hay consenso en las encuestas sobre que Keiko Fujimori, líder del partido Fuerza Popular e hija mayor de Alberto Fujimori, vuelve a encabezar las preferencias electorales.

Con un 15 % en las encuestas, casi duplica a sus competidores más cercanos. En cualquier otro contexto quince puntos de intención de voto sería una cifra modesta. No en Perú, donde las preferencias del elector se reparten en esta primera vuelta entre 35 candidatos presidenciales. En el Perú electoral, cualquier cosa puede pasar.

En medio de la natural incertidumbre ante las elecciones, hay consenso en las encuestas sobre que Keiko Fujimori, líder del partido Fuerza Popular e hija mayor de Alberto Fujimori, vuelve a encabezar las preferencias electorales
En medio de la natural incertidumbre ante las elecciones, hay consenso en las encuestas sobre que Keiko Fujimori, líder del partido Fuerza Popular e hija mayor de Alberto Fujimori, vuelve a encabezar las preferencias electorales (Foto AP/Martín Mejía)

La interpretación de las elecciones presidenciales de 2026, basada en estudios de Datum, Instituto de Estudios Peruanos (IEP), CPI Research e Ipsos, confirma un escenario que combina patrones conocidos con nuevas dinámicas. Hay consensos claros, pero enorme volatilidad.

El trío que va en cabeza

Existe coincidencia en el liderazgo de Keiko Fujimori. Todas las encuestadoras la ubican en el primer lugar. También hay acuerdo en que el pelotón de avanzada lo completan el empresario Rafael López Aliaga (Renovación Popular) y el humorista Carlos Álvarez (País para Todos), configurando un trío que pareciera concentrar las mayores probabilidades de disputar la segunda vuelta. Aquí el condicional “pareciera” es importante, porque entre ellos y otros cinco o seis candidatos las diferencias apenas rozan el error muestral.

Por ello, dentro de ese aparente consenso demoscópico emerge inestabilidad. López Aliaga muestra una tendencia a la baja, y figuras consideradas “sorpresa” comienzan a ganar tracción. Entre ellas destacan el ex-alcalde de Lima Ricardo Belmont, el exministro Jorge Nieto y, más a la izquierda, Roberto Sánchez, cuyo crecimiento reciente tras uno de los debates confirma que el electorado peruano sigue siendo altamente volátil y permeable a cambios de último momento. De pasar a segunda vuelta este último, tendríamos casi el calco de 2021, pues se trata del candidato apoyado por el expresidente Pablo Castillo, quien sorprendiera en la segunda vuelta de 2021 al imponerse sobre Keiko.

Un dato explícito es el alto nivel de indecisión. Entre un 25 % y un 30 % de los votantes aún no ha definido su preferencia o contempla votar en blanco o nulo. Este fenómeno, ya observado en 2021, refuerza la idea de que la elección puede decidirse en la recta final, amplificando el impacto de eventos coyunturales, debates o campañas digitales.

Una novedad relevante respecto a procesos anteriores es el peso creciente de las redes sociales como principal fuente de información política. Cerca del 45 % del electorado se informa a través de plataformas como Facebook y TikTok (según la empresa demoscópica Instituto de Estudios Peruanos, IEP), muy por encima de los medios tradicionales. Esto no solo altera la dinámica de campaña, sino que también introduce nuevas formas de volatilidad, donde la visibilidad y la viralidad pueden traducirse rápidamente en intención de voto en la última semana.

Una conclusión central es que el sistema político peruano opera bajo una lógica de fragmentación extrema, con partidos políticos muy efímeros, y donde pequeñas variaciones pueden alterar significativamente el resultado final. Es aquí donde el espejo del 2021 se vuelve más nítido.

Como entonces, el problema no es solo quién lidera, sino con cuánto respaldo real lo hace. En 2021, siete de cada diez peruanos no votaron por ninguno de los candidatos que pasaron a segunda vuelta. Había 18 candidatos entonces. Hoy, con 35, todo indica que podríamos estar frente a una situación similar, o aún más fragmentada: candidatos que avanzan no por mayorías sólidas, sino por la dispersión del voto.

Esto conduce inevitablemente al mismo desenlace: la elección del “mal menor”. Y es así precisamente como se autodenominó un interesante test que busca fomentar un voto programático, y ofrece contrastar las posturas del votante que contesta dicho test con las propuestas que han realizado los distintos candidatos.

Debates televisivos organizados por sorteo

Pero no es la falta de voto ideológico o programático la raíz del problema. Perú tiene una valiosa cultura del debate político, que podría poner el acento en las ofertas programáticas. Sin embargo, no ha sido así, pues un debate presidencial entre 35 candidatos entraña obvias dificultades logísticas. En lugar de instalar ideas y posicionar temas, apenas dejaron en la agenda una que otra anécdota.

Los debates se organizaron por sorteo y había poco tiempo para exponer las propuestas, amén de una disminuida capacidad de atención del electorado. Más que debatir ideas, el espacio fue usado apelando a los ataques fáciles. Como afirma el profesor de la Universidad de Lima Mathias Mackelman “cuando el ataque se dirige a rasgos físicos, etnia o procedencia, se cruza la frontera hacia lo tóxico”.

Los debates resaltaron un elemento adicional: la incapacidad del ecosistema informativo para ordenar la competencia. Así como no hay encuestas que logren anticipar con claridad los escenarios, ni los debates ni los medios pueden cubrir de manera equilibrada a todos los actores, y el votante carece de herramientas para evaluar propuestas con mínima profundidad.

La sobreoferta política desborda las capacidades de intermediación. Al final, en la serenidad del momento culminante de la urna del próximo domingo 12 de abril, el elector se enfrentará con un complejo “sabanón” electoral.

La sobreoferta política no solo se expresa en números, sino también en lenguaje. Los nuevos partidos ya no se nombran desde la ideología, sino desde la evocación emocional, casi intimista: Amanecer de nuevo, Gotas de lluvia, La magia del encuentro, El aroma de la confianza, El tejido de la vida, Coleccionistas de objetos, El mapa de los sueños, Felices por siempre… Más que organizaciones políticas, parecen manuales de autoayuda. Y, sin embargo, compiten por gobernar un país.

En ese contexto, lo que diferencia a los actores en el ruedo es su capacidad de sobresalir. La calidad de un programa de gobierno o la viabilidad técnica de las propuestas pasan a un segundo plano. Los incentivos están en otra parte: en la visibilidad. Así, los candidatos más gritones, los más conflictivos, los más escandalosos son quienes logran captar atención.

La lógica mediática, cada vez más entrelazada con la dinámica de plataformas digitales, privilegia el conflicto, la personalización y la simplificación. Y lo hace en perfecta sintonía con los incentivos del sistema electoral peruano.

En situaciones de alta fragmentación y baja legitimidad, el voto se transforma en un acto defensivo. El voto “contra” tiende a imponerse sobre el voto “a favor”. No se elige tanto un proyecto como que se bloquea lo que suena a amenaza. En 2021 fueron el antifujimorismo y el anticomunismo; en 2026, aunque los matices cambien, la lógica parece permanecer.

Acerca de la autora

Carmen Beatriz Fernández es profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim y la Universidad de Navarra.

Este artículo se publicó por primera vez en The Conversation y se publica bajo licencia Creative Commons. Puedes leer el artículo original aquí.

El espejo de Borges y la repetición

Paradójicamente, en un país donde la mayoría del electorado se ubica en el centro ideológico, las elecciones terminan resolviéndose en extremos narrativos donde la polarización no refleja tanto a la sociedad como a la oferta política. Como en el espejo de Borges, la reproducción no implica diversidad sino repetición.

El resultado es un sistema que produce gobiernos débiles, con mandatos precarios y alta conflictividad institucional. Un presidente elegido como “mal menor” carece de legitimidad y enfrenta desde el inicio un entorno adverso: un Congreso hiperfragmentado, una ciudadanía desconfiada y una oposición fácilmente dispuesta a coaliciones en su contra.

Perú 2026 representa la continuidad de un patrón. El país vuelve a enfrentarse a sus propias heridas: Lima contra regiones, élites contra periferias, y ahora, quizás, lo analógico contra lo digital. Divisiones antiguas que se reactivan en cada elección. La gran incógnita no es tanto quién pasará a segunda vuelta; más bien es si el sistema político será capaz, en algún momento, de ofrecer incentivos que generen algo más que una elección entre lo menos malo.

Muchas opciones que ofrecen lo mismo

La democracia peruana parece hallarse en un laberinto de espejos donde cada elección promete ser distinta, pero termina devolviendo la misma imagen. Si la sociedad quiere romper este ciclo de espejos electorales, es imprescindible repensar las reglas del juego que incentivan la confrontación sobre el consenso.

Mientras tanto, el 12 de abril se perfila como un nuevo capítulo de una historia que ya conocemos: un país que busca desesperadamente un rumbo en medio de un mar de opciones que, irónicamente, parecen ofrecer lo mismo.

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