Por primera vez en la historia, un gobierno de izquierda ganó en Colombia. Ahora viene lo difícil

La elección de Gustavo Petro ya genera temor entre los oligarcas y las élites arraigadas del país, escribe Borzou Daragahi

Colombia acoge la elección de Gustavo Petro con grandes expectativas

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Fue un momento sin precedentes, pero los desafíos y obstáculos que se avecinan serán aún mayores. Colombia, una de las naciones más importantes cultural, militar y políticamente de América Latina, eligió por primera vez en su historia no solo a un presidente de izquierda, sino también a una vicepresidenta proveniente de la comunidad afrocolombiana marginada durante mucho tiempo.

El presidente electo, Gustavo Petro, un exguerrillero de izquierda convertido en político, y su compañera de fórmula, Francia Márquez, una destacada activista ambiental y abogada que alguna vez trabajó como empleada doméstica, triunfaron tras la votación.

“Tenemos que construir una democracia en Colombia, y la construiremos posibilitando un pluralismo de conciencias, ideologías y colores”, prometió Petro, de 62 años, en su discurso tras su triunfo, el 19 de junio.

La elección es parte de una “ola rosa” que se vive en América Latina, con gobiernos de izquierda y de centro-izquierda tomando el control en México, Bolivia, Argentina, Chile, Honduras y Perú, y a punto de ganar en Brasil.

Pero como muestran las recientes protestas antigubernamentales en Buenos Aires, las huelgas nacionales en Bolivia y los disturbios en otros lugares, elegir líderes de izquierda en las urnas no es suficiente para resolver los problemas económicos de América Latina. De hecho, aumentar las expectativas de la gente en una campaña electoral solo para fracasar en lograr cambios de política sustanciales podría desencadenar un fervor aún más desestabilizador.

Las elecciones de Colombia atrajeron la mayor participación en una votación en casi 30 años. La victoria de la izquierda se dio gracias a los votos de las periferias empobrecidas del país, a lo largo de la costa y en las regiones fronterizas, así como en Bogotá, ciudad de la que Petro fue alcalde. El mayor apoyo a la candidatura provino de lugares como la provincia de Choco, de la cual gran parte es un terreno selvático inhóspito, con una población afrocolombiana pobre y por mucho tiempo abandonada que representa más del 80 por ciento de sus habitantes.

En su discurso de victoria, Petro prometió una redistribución de la riqueza, el pluralismo económico y una medida de justicia social. “Vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia, no porque nos encante, sino porque tenemos que ir más allá de la premodernidad en Colombia, el feudalismo en Colombia, y nuevas formas de esclavitud en Colombia”, expresó.

Las propuestas de Petro incluyen recaudar impuestos de empresas e industrias, salvar el medio ambiente y la educación superior gratuita. También prometió confrontar el poder de las fuerzas armadas, argumentando que el personal de seguridad acusado de violaciones a los derechos humanos debería ser juzgado en tribunales ordinarios en lugar de por sus pares militares.

Petro solo ganó por una ligera mayoría, pero su elección ya está provocando una protesta alarmista entre los oligarcas y las élites arraigadas del país, entre ellos, poderosos miembros de derecha del ejército y las fuerzas de seguridad, quienes se unieron en torno al desarrollador populista de derecha trumpista Rodolfo Hernández en la segunda vuelta de la elección presidencial.

Los partidarios de Petro no controlan la mayoría en el parlamento, aunque logró formar una alianza parlamentaria con el Partido Liberal el 22 de junio que debería ayudarlo a aprobar leyes. Más que un giro a la izquierda, la elección señaló el colapso del sistema partidista que ha dominado al país por décadas.

“Existen temores reales sobre sus antecedentes y sus intenciones”, mencionó Christopher Sabatini, experto en Latinoamérica en Chatham House. “Dejando de lado las preocupaciones alarmistas, incluso sus propuestas más modestas provocarán respuestas exageradas y oposición”.

De todos los líderes de izquierda que ahora controlan los gobiernos latinoamericanos, Petro podría ser el más débil y enfrentar los mayores desafíos. Colombia es fundamentalmente un país conservador, y no tolerará un cambio radical. Las exigencias públicas como la recaudación de impuestos, la administración de recursos, y la educación gratuita requieren un saber tecnocrático más que una habilidad política. Sus ideas ya han asustado a los inversores.

“Estas no son batallas que se ganan en las calles”, observa Sabatini. “Y la verdad es que cuando Petro fue alcalde de Bogotá, no fue un gran administrador”.

Colombia también enfrenta desafíos únicos en América Latina. Comparte una frontera de 1.378 millas (2.217 kilómetros) con Venezuela, la nación más problemática de América del Sur, y alberga hasta 2 millones de refugiados del país. Los grupos rebeldes transfronterizos amenazan la seguridad del país. Petro aboga por una política de compromiso crítico con el gobierno de Caracas de Nicolás Maduro, adoptando una línea similar a la que han adoptado los países de centro-izquierda en Europa.

Aunque puede que ya no esté en el centro de la industria mundial de la cocaína, las guerras contra las drogas en Colombia persisten, y el dinero de las drogas ingresa al país, alimentando la corrupción. Una de las propuestas más polémicas de Petro es legalizar la marihuana.

Pero administrar Washington puede ser el mayor desafío de Petro. Aunque la administración del presidente Joe Biden felicitó a Petro por su victoria, los políticos estadounidenses de derecha están haciendo sonar la alarma. El gobernador de Florida Ron DeSantis lo describió como un “exnarcoterrorista marxista”. El senador de Florida Rick Scott lo llamó “un socialista de extrema izquierda”.

Colombia es un importante socio militar de Estados Unidos, además de ser la nación latinoamericana más cercana a Israel, y el ascenso de Petro corre el riesgo de verse empantanado en la política de Washington. Los colombianos de derecha ya están insertándose en una maquinaria de tráfico de influencias y cabildeo que contamina la política exterior estadounidense. “Se convertirá en un problema en los Estados Unidos”, advierte Sabatini. “Podría convertirse en un asunto profundamente polarizador”.

Manejar todo esto requerirá un toque político hábil, así como habilidades de gestión estelares. Petro, economista de formación y no conocido por su habilidad oratoria, también tendrá que moderar las expectativas elevadas.

Existe el peligro de que Petro y Márquez reduzcan sus ambiciones de retener el poder, convirtiéndolos en un colorido escaparate de la dura maquinaria de la explotación y la privación y, en última instancia, provocando una ira y una desilusión aún mayores.

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