Falta de combustible por guerra en Irán trastoca cocinas, bosques y conservación en África y Asia

Antes del atardecer, una llama azul solía cobrar vida en la cocina de Brenda Obare con un rápido giro de la perilla cuando empezaba a preparar la cena.
Ahora, su estufa suele estar fría mientras se agacha sobre un brasero de carbón, avivando un fuego humeante para cocinar para su familia afuera de su casa con techo de lámina en Kibera, en la capital de Kenia, Nairobi, uno de los asentamientos informales más grandes de África. El gas para cocinar es demasiado caro y a menudo no está disponible. El carbón siempre está ahí.
“No tenemos muchas opciones”, comentó. “Usamos lo que podemos pagar”.
Historias como la suya se están volviendo más comunes debido a las interrupciones energéticas causadas por la guerra en Irán. Los gobiernos habían promovido combustibles más limpios como el gas licuado de petróleo (GLP) por razones de salud y conservación, pero el aumento de los costos está socavando esos avances.
Los impactos se están extendiendo más allá de las gasolineras hacia las cocinas, los bosques y los hábitats de vida silvestre. En toda África y el sur de Asia, los gobiernos han pasado años intentando que los hogares dejen de quemar carbón y leña para pasarse a combustibles más limpios como el GLP.
Ese impulso estuvo motivado por los riesgos de la contaminación del aire, que mató a 2,9 millones de personas en 2021, según la Organización Mundial de la Salud. Pero también se centró en la conservación, ya que el uso de leña o carbón aumenta la presión sobre los bosques y la fauna silvestre. Cortar árboles más rápido de lo que se reproducen acelera la deforestación.
A medida que más personas buscan combustible en el bosque, se están encontrando con animales silvestres. Al mismo tiempo, las presiones económicas pueden impulsar más caza furtiva y caza de carne de monte, lo que incrementa la probabilidad de que enfermedades se propaguen de los animales a las personas. La caída del turismo implica menos financiamiento para la conservación, mientras que los altos costos del combustible dificultan que los equipos de campo operen y respondan con rapidez cuando animales salvajes entran en zonas habitadas.
“Cuanto más se prolongue este desastre, más duro va a golpear a la conservación”, manifestó Mayukh Chatterjee, copresidente del grupo de especialistas en conflicto y coexistencia de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
El aumento de los costos empuja a las familias a los bosques en busca de combustible
Cuando el GLP, el queroseno o la electricidad se vuelven demasiado caros o poco confiables, muchas familias recurren a la leña y al carbón porque son más fáciles de conseguir aunque dañen el medio ambiente, explicó Paula Kahumbu, conservacionista de vida silvestre y directora ejecutiva de WildlifeDirect, con sede en Nairobi.
“El primer riesgo para la conservación derivado de un shock energético en África no es abstracto. Es el cambio de combustible en los hogares”, afirmó.
El aumento de la demanda de combustibles de biomasa también degrada las cuencas hidrográficas y los hábitats de vida silvestre, ya que la gente se adentra más en áreas previamente intactas, incrementando la presión sobre los ecosistemas y las especies que dependen de ellos.
Los expertos temen que el alza de los precios del diésel y los mayores costos de los fertilizantes también perjudiquen la productividad agrícola, reduciendo los rendimientos y aumentando la inseguridad alimentaria.
“La crisis está afectando a más que los bosques”, señaló Kahumbu.
El carbón, que se produce al quemar lentamente madera en hornos, es uno de los combustibles de cocina más utilizados en el África subsahariana y un importante motor de la deforestación. La demanda está aumentando entre los asentamientos de bajos ingresos de Nairobi, según el vendedor de carbón Munyao Kitheka.
Un cambio similar está en marcha en India, el segundo mayor importador de GLP del mundo, con cerca del 60% de su suministro procedente de la región del Golfo Pérsico, según S&P Global.
Rama, una trabajadora social que se identifica solo con un nombre, pasó años animando a familias en Bhalswa, un barrio pobre en las afueras de Nueva Delhi, a adoptar el GLP. Pero con ingresos por debajo de 3 dólares al día, muchas personas ya no pueden costear los cilindros de GLP y están volviendo a estufas que queman leña, o regresando a aldeas donde la madera es más fácil de encontrar.
“Las cosas están muy, muy mal”, expresó.
El cambio impone una carga mayor a mujeres y niñas, que terminan pasando horas cada día buscando combustible, lo que limita su tiempo para trabajar o ir a la escuela, indicó Neha Saigal, consultora de la startup de justicia ambiental y social Asar Social Impact Advisors.
“Se invirtieron años de trabajo en hacer que el GLP fuera aspiracional. Pero un problema global como este puede revertir parte de esos avances”, sostuvo.
Reducir la presión sobre los hábitats disminuyendo el uso de leña ha sido central en los esfuerzos de conservación en Asia, declaró Chatterjee, el conservacionista. Citó un proyecto de conservación de elefantes en el estado de Assam, en el noreste de India, donde los restaurantes habían reducido el uso de madera, pero advirtió que esos avances podrían deshacerse a medida que los hogares vuelvan a dejar el GLP, que se produce a partir del refinado de petróleo o gas natural.
“Todo eso corre el riesgo de volver al punto de partida”, advirtió.
Efectos en cadena más amplios sobre la conservación
Los expertos advierten que la guerra en Irán y la carencia de combustible pueden tensionar el financiamiento y alterar las operaciones de campo, obstaculizando la conservación global.
Las aerolíneas están recortando rutas hacia África, lo que podría golpear al turismo, ya que el aumento de los precios del combustible eleva los costos de viaje. Las interrupciones de las rutas de aviación a través de centros de conexión en Oriente Medio dificultan el acceso a algunos destinos.
Incluso una caída modesta en el número de visitantes puede tener efectos desproporcionados en países que dependen del turismo de vida silvestre para financiar áreas protegidas.
El turismo aporta alrededor del 14% del PIB en países como Kenia y Tanzania, donde sostiene la gestión de parques, las patrullas contra la caza furtiva y las iniciativas de conservación comunitaria.
“Menos turismo significa menos ingresos para iniciativas de conservación, menos guardabosques y más caza furtiva oportunista”, apuntó Kahumbu, y añadió que el aumento de los costos de los alimentos y el combustible también podría empujar a más personas hacia la carne de monte como una fuente asequible de proteína, incrementando la presión sobre las poblaciones de fauna silvestre.
Además, el trabajo de conservación en zonas remotas requiere viajes extensos y regulares, a menudo en motocicleta u otros vehículos. Los precios más altos del combustible pueden interrumpir ese desplazamiento.
Chatterjee señaló que, en casos de conflicto entre la vida silvestre y las personas en el sur de Asia, el despliegue rápido del personal forestal y de los equipos de conservación es crucial para asegurar el área, manejar a las multitudes y guiar con seguridad o tranquilizar a los animales antes de que las situaciones se agraven.
Los retrasos aumentan el riesgo de lesiones o muerte en ambos lados, y la escasez de combustible puede ralentizar los tiempos de respuesta.
Los gobiernos africanos tienen opciones para amortiguar el impacto, pero a menudo la acción se ha quedado atrás. Kahumbu pidió ayudar a los hogares mediante subsidios focalizados y cadenas de suministro locales más sólidas, y respaldando fuentes de energía locales como el biogás, la solar y la geotérmica.
“Traten la conservación como infraestructura esencial durante los shocks económicos”, afirmó.
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Ghosal reportó desde Hanoi, Vietnam.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.






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