Los famosos castellers de Cataluña saludan al papa León en Barcelona

Bruna Vall Galán, de 8 años, dio al papa León XIV una bienvenida única a Cataluña la noche del martes: lo hizo desde lo alto de una torre humana de casi 10 metros (33 pies) creada al inicio de la vigilia de oración del pontífice en Barcelona.
Las torres humanas, o “castells” en catalán, no son solo una proeza de equilibrio, fuerza y trabajo en equipo, sino también una parte crucial de la orgullosa identidad de esta región del noreste de España.
Uno de los grupos más celebrados por mantener esta tradición, los Castellers de Vilafranca, fue elegido para actuar para el papa durante su viaje de siete días a España y permitió que The Associated Press los acompañara en su recorrido, desde el largo viaje en autobús hasta los nervios tras bambalinas y los sudorosos y sonrientes choques de palmas tras el aplauso de León.
“Una de las principales riquezas de los Castells es que puede participar cualquier persona, independiente de la edad, de la altura, del peso, de la creencia, de la ideología”, afirmó Ernest Gallart Pérez, presidente del grupo. “Todas las personas tienen su sitio en la estructura”.
La mamá de Bruna, Maria Vall Camell, se unió a los 18 años y más tarde conoció a su esposo en el grupo, donde todos visten las características camisas verde jade, pantalones blancos, fajas negras ajustadas y pañuelos rojos con lunares blancos. Los pañuelos y las fajas proporcionan puntos de agarre cruciales mientras los integrantes trepan —y descienden— por los cuerpos de los demás a medida que la torre se eleva.
“Los castells, las torres humanas, son como el skyline de Catalunya”, comentó Vall a la AP en el autobús, mientras más de 130 castellers viajaban desde su pequeño pueblo, Vilafranca del Penedes, en plena zona del cava, a unos 50 kilómetros (30 millas) de Barcelona. “Son una identidad muy importante, de nuestra cultura, y representan muy bien nuestra sociedad, que trabajamos en equipo”.
Los castells son una parte integral de las celebraciones catalanas, ya sea en días de santos patronos o en competiciones con cientos de participantes. Pero, en esencia, son tradiciones familiares, transmitidas de generación en generación.
Es “unión, familia, fuerza”, expresó Aida Ibañez Sadurní, quien participó en la torre del martes junto a su padre, Xavier Ibañez Sanz. “Cuando nos descargamos, nos abrazamos llorando, es lo más grande que te llevas”.
Se necesitan meses de práctica y apenas unos minutos para crear las torres, empezando por una gran base: personas apretadas hombro con hombro en círculos estrechos, con la cabeza apoyada en el hombro de sus vecinos y los brazos entrelazados.
El martes, grupos más pequeños de cuatro subieron y formaron un primer círculo de pie, y más personas fueron trepando hasta que Bruna —en su función de “anxaneta”, una niña que hace de cúspide— llegó hasta arriba, saludó con la mano y luego bajó.
Cuando el castell se desarmó con éxito, León sonrió ampliamente y las aproximadamente 40.000 personas en el estadio estallaron en vítores con volumen de estadio de fútbol.
“Un alivio, muy contento y muy feliz”, manifestó Àngel Grau, el “cap de colla” o entrenador del grupo, mientras el conjunto, sudoroso y alegre, regresaba a sus autobuses y al largo viaje de vuelta a casa.
“Estaba mucha gente viéndonos en todo el mundo, y puedes creer más o puedes creer menos, es un orgullo para nosotros”.
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La cobertura de temas religiosos de The Associated Press recibe apoyo mediante la colaboración de la AP con The Conversation US, con financiación de Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de este contenido.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.




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