En el convento de “La última cena”, los frailes dominicos aún viven, rezan y reciben visitantes
El sacerdote Paolo Venturelli guarda su distancia siempre que visita “ La última cena ” de Leonardo da Vinci. Para el dominico es mejor detenerse en el extremo opuesto del refectorio, la misma habitación donde hace siglos se reunían miembros de su orden para comer.
“Desde ahí parece que la pintura estuviera en medio del refectorio”, dijo Venturelli sobre la obra maestra que retrata la última comida que compartió Jesús con sus apóstoles antes de la crucifixión. “Despierta todo tipo de reacciones humanas y espirituales”.
Venturelli vive en Santa Maria delle Grazie, un convento y basílica en Milán donde Leonardo Da Vinci trabajó a fines del siglo XV por pedido de Ludovico Sforza, entonces gobernante de la ciudad.
“La última cena” se ubica en el refectorio original del convento. Ese tipo de espacios aún se utilizan para que las comunidades monásticas se reúnan para comer, rezar y leer. Sin embargo, en Santa Maria delle Grazie ya no forma parte de la vida cotidiana de los frailes.
Tras la supresión de las órdenes religiosas durante la era napoleónica en el siglo XVIII, el refectorio pasó a manos del Estado. Hoy se conoce como el Cenacolo Vinciano y es administrado por la Dirección Regional de Museos de Lombardía.
“No vamos con frecuencia porque necesitamos pedir permiso para entrar”, dijo Venturelli, quien puede permanecer en el refectorio un tiempo máximo de 15 minutos como cualquier otro visitante debido a reglas de preservación.
“Ya no nos pertenece”.
Vivir junto a “La última cena”
Una docena de sacerdotes y nueve novicios conforman la comunidad actual de dominicos en Santa Maria delle Grazie. Vestidos con las icónicas túnicas blancas de su orden —o capas marrones durante el invierno— los frailes pueden ser observardos con frecuencia en los alrededores de la basílica.
No todos los turistas que visitan el Cenacolo hacen una última parada en la iglesia vecina, pero entre aquellos que lo hacen algunos observan a Venturelli y a otros frailes con curiosidad. “Venimos del claustro y vimos a uno de los frailes atendiendo el jardín”, dijo Maria Teresa Bruzzi, quien viajó desde Génova con su esposo a mediados de febrero.
“Venimos a ver ‘La Última Cena’ de Leonardo pero también queríamos ver la iglesia porque es bastante especial”, añadió. “Es una iglesia renacentista que combina dos estilos y fue muy importante para la familia Sforza”.
De acuerdo con Venturelli, los visitantes del templo suelen sentirse maravillados con su arquitectura. “Cuando visitan la capilla de Nuestra Señora de las Gracias pueden ver que la belleza que los rodea fue creada para dar gloria a quien es bello en sí mismo: Dios”, dijo.
Las entradas al Cenacolo se agotan con facilidad y el museo cierra los lunes, lo que impide que visitantes de último minuto puedan ver la obra de Da Vinci. La basílica, en contraste, abre todos los días y da la bienvenida a quienes quieran asistir a misa o confesarse.
“Las confesiones son muy solicitadas y mantenemos este servicio tanto para los ciudadanos de Milán como para todos los visitantes”, dijo el padre Llewellyn Muscat, prior de la comunidad dominicana de Santa Maria delle Grazie.
Venturelli realiza confesiones para quienes hablan italiano. Muscat confiesa en inglés, italiano y maltés, su lengua materna. Y aunque otros frailes pueden hablar francés y alemán, todos hacen el máximo esfuerzo para comunicarse con cualquier visitante a pesar de las barreras lingüísticas.
“No podemos guardarnos las gracias que el Señor nos concede”, dijo Muscat.
Una vida de estudio y oración
Los dominicos se establecieron en Santa Maria delle Grazie mientras el complejo se construía en el siglo XV. No obstante, hay registros de una presencia previa en Milán.
La devoción de aquellos primeros frailes a Santa Catalina de Siena aún es visible en la basílica. Hay frescos que la retratan junto a Santa Catalina de Alejandría, comúnmente asociada con la tradición dominica del estudio y considerada patrona de los filósofos.
Aquel legado intelectual también es palpable dentro del convento. A sólo unos pasos de las decenas de turistas que visitan el sitio diariamente, filas de estantes llenos de libros se alinean en los pasillos.
“Leer es parte de nuestra identidad”, dijo Muscat.
Su comunidad no sigue una rutina estricta diariamente, pero el estudio, la oración y el ministerio forman parte de su cotidianidad.
Sacerdotes como él celebran misa de manera regular en la basílica y apoyan a parroquias cercanas cuando éstas requieren la presencia de otros sacerdotes. Otros supervisan su programa de noviciado, dan clases en instituciones católicas locales o colaboran con el centro cultural de Santa Maria delle Grazie, que organiza conferencias y eventos.
“Como comunidad de frailes predicadores, tratamos de ofrecer el empuje espiritual que la gente requiera”, dijo Muscat.
Un vínculo más allá del arte
El hecho de que Da Vinci tuviera la encomienda de pintar una última cena dentro de un convento dominico no fue casualidad. Según Venturelli, la mayoría de los refectorios de su orden tienen la escena retratada en alguno de sus muros. Y, de acuerdo con Muscat, esto hace eco de los principios que guían la vida de los frailes.
“En nosotros no despierta una emoción que tiene que ver con un hecho del pasado”, dijo. “Es como una continuación en la que nosotros comemos con Jesús y sus apóstoles, como si sus palabras también nos hablaran a nosotros”.
Muscat, como cualquier otro visitante que se detiene frente al mural de Da Vinci, se siente profundamente conmovido por la imagen. Sin embargo, en su caso no es sólo el arte, sino una historia compartida, lo que toca una fibra sensible. La pintura, como el convento que la resguarda, ha padecido siglos de cambios y dificultades y ha requerido esfuerzos colectivos para sobrevivir.
“'La última cena' es un llamado a mi conciencia personal y a la conciencia de la orden”, dijo Muscat. “Porque aquí en Grazie no hay individuos, sino una comunidad que trabaja y da la bienvenida”.
El refectorio actual de la orden está escondido lejos de los turistas, dentro del convento laberíntico donde los frailes encuentran el silencio necesario para la reflexión y la oración. Es una habitación amplia y modesta, con varias mesas cuadradas en vez de una alargada, como la que comparte Jesús con sus apóstoles en la pintura de Da Vinci.
Es lindo, dijo Muscat. Pero quién sabe. Quizá, algún día, el viejo refectorio les volverá a pertenecer.
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La cobertura religiosa de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.






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