Tras 448 días preso en Venezuela, argentino Nahuel Gallo reclama por quienes siguen detenidos
“¡No te olvides de nosotros!”.
La frase con la que lo despidieron sus compañeros de pabellón todavía resuena en los oídos del argentino Nahuel Gallo, quien estuvo 448 días preso en Rodeo I, la cárcel ubicada a las afueras de Caracas.
Desde que recuperó la libertad el 1 de marzo el sargento de la Gendarmería —la policía militar de fronteras de Argentina-— reclama a la comunidad internacional que incremente la presión sobre el gobierno de la presidenta encargada Delcy Rodríguez para lograr la liberación de otros extranjeros presos en Venezuela.
"Yo creo que todavía seguimos encerrados hasta que no liberen a nuestros compañeros”, dijo Gallo, de 35 años, durante una entrevista el viernes con The Associated Press.
Gallo se reunió el jueves con el embajador de Estados Unidos en Argentina, Peter Lamelas, quien expresó en un comunicado que el gobierno de Nicolás Maduro "usó la detención arbitraria de ciudadanos extranjeros como herramienta de represión política”.
Tras la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses en enero, Washington reconoció a Rodríguez como presidenta encargada y comenzó negociaciones con el nuevo gobierno en medio de promesas de una transición democrática.
Pero para Gallo la permanencia de presos por cuestiones políticas y extranjeros demuestra que el sistema represivo sigue vigente.
Esta semana el titular de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez —hermano de la presidenta encargada— anunció que el gobierno venezolano planea excarcelar a 300 personas, algunas de las cuales han estado detenidas durante años por motivos políticos.
Sobrevivir al encierro
Durante los 15 meses que estuvo preso Gallo nunca tuvo contacto con funcionarios argentinos ni supo si existían negociaciones para liberarlo. “Veinticuatro horas ahí son como 48 horas”, dijo el gendarme que llegó a pensar en quitarse la vida. “Si la mente la controlás, estás bien. Si no la controlás, te quebrás”.
Según Gallo, los detenidos en Rodeo I sólo eran trasladados fuera del penal en casos extremos. Relató que sufrió infecciones y hongos de los que le costó sanar porque la atención médica era limitada. Había pocos medicamentos y los presos dependían de familiares para conseguir tratamientos básicos. Él, como extranjero, no estaba autorizado a recibir visitas.
La primera vez que logró hablar por teléfono con su esposa fue después de un año de detención y tras iniciar una huelga de hambre.
Para pasar el tiempo durante el encierro, Gallo aprendió a jugar al ajedrez. Con jabón y papel, él y otros presos fabricaban las piezas y cada uno desde su celda gritaba los movimientos. Con la misma técnica hizo una pequeña bandera celeste y blanca para recordarse a sí mismo cada día que volvería a su patria.
Lo único que a veces hacía tambalear su esfuerzo por mantenerse cuerdo era escuchar cómo otros presos eran golpeados por guardias que siempre mantenían sus rostros cubiertos.
“Yo creo que el dolor o la tortura más grande es ver que le están haciendo algo a alguien y no poder hacer nada”, reflexionó.
La detención
El 8 de diciembre de 2024 Gallo fue detenido al intentar ingresar a Venezuela para visitar a su pareja, la venezolana María Alexandra Gómez García, y a su hijo que entonces tenía menos de dos años.
Gallo había iniciado el viaje dos días antes: cruzó en automóvil de Argentina a Chile, tomó un vuelo comercial a Bogotá y desde allí viajó en taxi hasta la ciudad colombiana de Cúcuta, sobre el compartido río Táchira.
Al cruzar la frontera las autoridades migratorias venezolanas le revisaron el teléfono celular, donde encontraron conversaciones con su pareja sobre la situación política y económica de Venezuela.
“Tú hablas mal de mi presidente”, recuerda que le dijeron los oficiales.
Gallo relató que de inmediato le quitaron sus pertenencias y comenzaron a burlarse de él. Luego fue trasladado a la Dirección General de Contrainteligencia Militar donde, según su testimonio, fue esposado, golpeado y pateado durante varios interrogatorios.
Cinco días después fue subido esposado y encapuchado a una camioneta en la que los agentes continuaron interrogándolo tras encontrar en su celular contactos de organismos judiciales argentinos.
“Eres un espía, trabajas para el gobierno”, recordó que le decían mientras lo amenazaban con arrojarlo del vehículo, le apoyaban el caño de un arma en la cabeza y lo apuntaban con una picana eléctrica.
Al llegar a Rodeo I vio que su celda estaba identificada con la inscripción “Procesado: espionaje”.
Casi 20 días después de su detención, el entonces fiscal general venezolano Tarek William Saab anunció su imputación por presuntas “acciones terroristas”.
La libertad y los que quedaron atrás
Gallo fue liberado en marzo pasado tras una gestión encabezada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) con el apoyo de la Federación Venezolana de Fútbol y trasladado a Buenos Aires en un vuelo privado de la AFA. No creyó que realmente estaba libre hasta que el avión salió del espacio aéreo venezolano.
“Ya cuando salimos de Venezuela dije 'bueno, ya está’. Fue una tranquilidad, un alivio”.
Gallo aseguró que todavía se siente conectado con los presos en Venezuela. Por eso denuncia permanentemente en las redes sociales las malas condiciones de las cárceles de ese país.
“El que está ahí adentro está esperando que el que salió esté haciendo algo”, dijo.






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