La rutina de buscar desaparecidos en México: familiares con picos, palas y un botón de pánico
Todos los martes el hombre de 54 años excava y remueve la tierra en distintos puntos del noroeste de México. Son jornadas tediosas llenas dolor, esperanza, frustración. Raúl Servín busca a su hijo, desaparecido hace ocho años, “ y a los que nos faltan ”.
Carga una furgoneta con picos, palas, agua y comida. Se encomienda a Dios, recoge a sus compañeras y se lanzan a rastrear zonas donde hay sospechas de cuerpos escondidos, personas que desaparecieron sin dejar rastro en medio de la violencia de los cárteles.
Su colectivo, Guerreros Buscadores, es uno de las decenas que hay en México con la misma misión. Hay mucho que buscar: más de 130.000 desaparecidos desde 2006, según el registro oficial.
Compaginar ese trabajo con los quehaceres diarios no es fácil. Servín perdió su empleo cuando empezó a buscar a su hijo. Ahora trabaja de camarero los fines de semana.
Tampoco lo es manejar logística y emocionalmente todo lo que conlleva buscar. Un cráneo o un cuerpo mutilado pueden suponer el inicio del cierre del duelo inacabado de alguna familia. Conocer la verdad, por dolorosa que sea, siempre es mejor que la incertidumbre, coinciden los buscadores.
Es entonces cuando Servín se enfrenta a una realidad desconcertante: hay ocasiones en las que puede surgir un atisbo de alegría incluso de una fosa.
Un fotoperiodista de The Associated Press acompañó a Servín durante una de sus más recientes salidas con tres compañeras y fue inusual testigo de la mezcla de emociones vividas en las afueras de Guadalajara, una de las sedes de la Copa Mundial de Fútbol, bastión del Cártel de Jalisco de Nueva Generación (CJNG).
Pistas anónimas y esperanzas
Esta vez los cuatro buscadores salen solos, sin protección. El único rastro de autoridad es el “botón de pánico” que lleva Servín, un mecanismo que lo mantiene conectado con funcionarios federales encargados de proteger a defensores de derechos humanos.
El entorno en el que se mueven es complicado. México no está en guerra ni tiene una dictadura militar pero miles de personas desaparecen cada año en medio de la violencia de los cárteles. Mientras, no dejan de aparecer fosas clandestinas y, según datos de la ONU, más de 70.000 restos humanos sin identificar se acumulan en morgues y cementerios.
La anterior administración reconoció la envergadura del problema y puso en marcha comisiones oficiales de búsqueda, pero persisten altos niveles de impunidad e inacción por parte de las autoridades. Un comité de Naciones Unidas acaba de afirmar que el país está totalmente desbordado por esta crisis, algo que el gobierno niega aunque reconoce que no tiene información suficiente para buscar, al menos, a un tercio de los desaparecidos. Por eso las familias siguen siendo el principal motor de las búsquedas y de los hallazgos.
Servín y sus compañeras se dirigen a varios lugares mencionados en pistas anónimas llegadas al Facebook del colectivo, personas que han escuchado gritos, balazos, que han visto algo y no se atreven a hablar con las autoridades.
En la anterior salida excavaron más de un metro de profundidad en cuatro puntos. Nada. A veces encuentran manchas de sangre, casquillos. Todo se revisa. “No nos podemos quedar con la duda”, afirma.
De repente recibe una llamada. Un informante les indica un lugar donde asegura hay un cuerpo sepultado. Los datos parecen fiables y el grupo cambia de planes aunque eso implica no visitar primero el sitio —como suelen hacer—- para evitar encontrarse con vigilantes del cártel o gente armada y ser expulsados con balazos al aire, como ya ha ocurrido.
Unos arcos marcan la entrada a un complejo residencial señalado por el informante. Está junto a un tren urbano, en las afueras de Guadalajara, una ciudad parcialmente empapelada por fichas de búsqueda. Jalisco es uno de los estados con más desaparecidos de México.
La presidenta Claudia Sheinbaum había visitado poco antes la zona para insistir en que la seguridad del Mundial estaba totalmente garantizada tras la violencia desatada en febrero por la muerte del líder del cártel.
Los colectivos quieren aprovechar que el mundo mira a México para llamar la atención sobre su realidad. “Me encanta el fútbol”, asegura Servín. “Pero eso no va a impedir que yo salga a buscar”.
Arrullos para un muerto
Gorras y pañuelos protegen a los buscadores del sol. Cada uno lleva una camiseta personalizada con las fotos de su familiar. La de Servín tiene a un joven de 20 años y dice “Papá buscador”.
El grupo alista su equipo que incluye las varillas metálica que apodan “el vidente”. Hace más de una década que esta rudimentaria herramienta se convirtió en imprescindible para todos los colectivos. La clavan en el terreno y luego la huelen. Si hay olor orgánico, hay pista.
Empiezan a excavar en una pequeña zona verde del complejo residencial. Nada.
Después de horas sin avances, Servín camina entre el muro y las vías. El terreno está blando. “Vi un agujero que tenía piedras y se me hizo raro”.
Años atrás su corazón se hubiera acelerado. Ahora dice que los “nervios ya no me dan”. Se arrodilla y empuña su pala. Pasa un tren. Primero ve parte de un cráneo. Empieza a sacar tierra con la pala y las manos.
“¡Tenemos un positivo!”, grita a sus compañeras.
Los cuatro se ponen cubrebocas y guantes. Aparece una mandíbula.
El hombre muestra a sus compañeras la cabeza mientras la toma con suma delicadeza. Siguen cavando en paralelo a la pared. Aparece una bolsa con huesos, un zapato, una pelvis. Colocan cada pieza fuera de la fosa. Si algún hueso pareciera igual, se situaría en otro lado porque podría ser de una segunda persona.
Las voces de las mujeres se cruzan como arrullos a un niño. “Chiquitito ya vas a regresar a tu casa”. “Tu familia te espera”. “Qué bueno que estás aquí”. Una de ellas enciende una vela al borde de la fosa.
Para alguien ajeno a estos contextos, la escena podría parecer macabra. Para quien la presencia, es un acto de tremenda ternura protagonizado por personas que durante años fueron revictimizadas por las autoridades.
En 2021, un fiscal entregó a una mujer los restos de su familiar en una enorme bolsa de basura. La foto de la señora con la mirada perdida en la bolsa a sus pies se hizo viral.
Manejar la logística y las emociones
Los criminales ocultan a sus víctimas porque, si no hay cuerpo, no hay delito que perseguir. Casi 20.000 personas desaparecidas han sido localizadas muertas desde 2010, según datos oficiales.
Encontrar un cadáver puede ser peligroso y Servín activa su “botón de pánico”. Muchos buscadores tienen este mecanismo de protección federal. Desde 2010 al menos 36 han sido asesinados, según organizaciones civiles. La última fue una mujer a mediados de marzo.
Servín habla con los funcionarios al otro lado de la línea, confirma su identidad con una contraseña, explica lo encontrado, la ubicación y quién lo acompaña. Pide que lo monitoreen cada hora, lo que implica una llamada para ver si está bien. Luego llama a la policía.
Una de las mujeres prepara una publicación en vivo para Facebook. Es la manera de que quede registro. Si no hubieran hecho el vivo cuando encontraron el rancho donde operaba el CJNG probablemente nadie hubiera creído lo que hallaron. También sirve por si alguien reconoce algo.
“Está un calzoncito gris que dice Sport con letras naranjas, unas botas café número 5”, explica una de las buscadoras. “Ahí está el cráneo, todavía tiene pelito... ahí está la pelvis”.
El celular se acerca para mostrar detalles de una bota, de la mandíbula a la que le falta un diente. Cualquier dato da pistas.
Servín empieza a contestar preguntas en línea. No es perito pero la experiencia le dice que el cadáver como mucho tiene año y medio de antigüedad. No puede ser su hijo, pero no pierde la esperanza. Hace dos semanas una madre buscadora encontró al suyo después de siete años. Da gracias a Dios porque hay restos de los que saldrá material genético.
El hombre dice que siente “feo”. Reconoce que a veces le dan ganas de llorar, sobre todo si encuentran cuerpos “en pedacitos”. “Entonces es cuando más nos pega el pensar que a lo mejor nuestros hijos están bajo esas condiciones”.
Pero también dice sentir satisfacción. Sabe que ahí hay respuestas.
Mientras esperan a las autoridades los buscadores se sientan a descansar. Es un momento de intimidad y confidencias entre personas unidas por una misión y por el dolor de no saber el destino de los suyos.
Una vecina del complejo residencial llega con su hijo a preguntar. Tiene otro desaparecido y quiere ver si reconoce algo. Una hora más tarde llega otra otra mujer. Las buscadoras la abrazan. Recomiendan acudir a la fiscalía para hacerse pruebas de ADN. La emoción vuelve a rebosar.
Al llegar la policía Servín responde las preguntas de rigor, aunque la desconfianza persiste. Teme que haya agentes coludidos con los criminales. Dice que “tiempo atrás” las autoridades los acusaban de contaminar escenas del crimen, pero ahora respetan más su trabajo.
Al caer la tarde llegan los forenses. Los resultados de una prueba genética pueden tardar días o años. Servín cuenta cómo los restos del hermano de una sus compañeras de búsqueda —su pareja actual— llevan seis años en el instituto forense porque, aunque ha habido un positivo, los peritos no terminan de procesar los restos de todas las bolsas encontradas. “Es algo ilógico”.
A las 9 de la noche acciona el botón de pánico para informar que ya está en casa. “Llego tranquilo al saber que el día tuvo frutos”.
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Verza reportó desde Ciudad de México.






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