Entre cortes de energía y sanciones, cubanos luchan por mantener la alegría de vivir

El olor a azufre es intenso en este pueblo costero que produce petróleo y alberga una de las mayores plantas termoeléctricas de Cuba. Sin embargo, aun mientras la planta vuelve poco a poco a la vida, los residentes permanecen en la oscuridad, rodeados de fuentes de energía que no pueden usar.
A medida que se profundizan las tensiones entre Cuba y Estados Unidos tras los ataques de Washington a Venezuela y la interrupción de los envíos de petróleo a la isla, también crecen los problemas de Santa Cruz del Norte.
Los habitantes de este pueblo al este de La Habana se sumergen diariamente en la oscuridad y se ven obligados a cocinar con carbón y leña, pero no todos pueden permitirse esta nueva realidad.
Kenia Montoya dijo que recientemente arrancó la puerta de madera de su baño en la deteriorada casa de bloques de cemento que comparte con sus hijos porque necesitaba leña, y ellos necesitaban comer.
“Con esta situación ahora estamos empeorando nosotros”, afirmó. “No nos suministran petróleo. No nos suministran la comida. ¿Y entonces?”
Una descolorida sábana púrpura cuelga ahora sobre su baño. Cerca de ahí, solo queda un puñado de carbón en una pequeña bolsa.
La madre de 50 años no sabe cómo cocinará una vez que se acabe el carbón porque los suministros en la región han disminuido.
Es una de las muchas incertidumbres que afectan a pueblos como este en toda Cuba, después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazara con imponer aranceles a cualquier país que venda o proporcione petróleo a Cuba.
“Bueno, ahora es una nación fallida”, dijo Trump esta semana. “Y no reciben dinero de Venezuela, y no reciben dinero de ningún lado”.
“¿Cómo vamos a vivir?”
Cerca de la entrada principal de Santa Cruz del Norte, un amplio mural está adornado con el siguiente mensaje en mayúsculas: “AQUÍ NO SE RINDE NADIE. VIVA CUBA LIBRE”.
Pero la gente se pregunta cuánto tiempo podrán resistir.
La crisis de la isla es cada vez más profunda: apagones severos, precios más altos y escasez de bienes básicos.
Mientras tanto, el gobierno cubano permanece en silencio sobre sus reservas de petróleo, sin ofrecer información sobre si Rusia u otro país aumentaría sus envíos tras la interrupción de los suministros de petróleo venezolano cuando Estados Unidos atacó y arrestó a su presidente a principios de enero.
Recientemente, las autoridades cubanas elogiaron una llamada telefónica que sostuvieron con el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, aunque no compartieron detalles. Mientras tanto, México se comprometió a enviar ayuda humanitaria, incluyendo alimentos, después de que Trump dijera que pidió la suspensión de los envíos de petróleo a la isla.
Muchos habitantes de Santa Cruz del Norte sienten que lo peor está por venir.
“Con todos esos aranceles que le van a poner a los países, no va a entrar petróleo, ¿y de qué vamos a vivir?”, dijo Gladys Delgado.
Hace poco, en una fría tarde, la mujer, de 67 años, abrió su puerta principal para tomar un poco de aire fresco mientras cosía pequeñas y coloridas alfombras hechas de retazos de ropa para ganar algo de dinero extra porque su pensión asciende a solo 6 dólares al mes.
Un par de casas más abajo, Minorkys Hoyos dejaba caer un puñado de cubos de yuca en una vieja olla que llenó con agua de un barril y la colocaba sobre una pequeña parrilla improvisada dentro de su hogar.
“Uno vive con lo que tú tengas en tus manos”, comentó, señalando que no tenía más comida disponible en ese momento.
Los pocos artículos recargables que solían iluminar su pequeño y desordenado hogar se han descompuesto, y comenzó a tropezar con las cosas hasta que un vecino le regaló una linterna improvisada hecha con combustible y un frasco de alimento para bebés.
“Yo oscuro no veo”, dijo la mujer de 53 años, que además padece diabetes.
Eran las últimas horas de la tarde mientras cocinaba, pero su hogar ya estaba oscuro.
Afuera, dos niños se sentaban en una polvorienta acera. Apilaban fichas de dominó una sobre otra para ver hasta dónde podían llegar antes de que todo se derrumbara.
“Si pudiéramos hacer algo”
En los últimos tres meses, Santa Cruz del Norte tenía electricidad mientras la mayor parte de Cuba sufría constantes apagones debido a la envejecida infraestructura y a la escasez de combustible en las centrales eléctricas.
Personas como Iván Amores se regocijaban con cautela, temerosas de que volvieran a quedar sumergidas en la oscuridad como la mayor parte del año pasado. Sus temores se materializaron hace una semana, cuando volvieron los apagones.
“Esto era una maravilla”, dijo sobre su pueblo cuando tenía electricidad. “Ahora es una verdadera tortura”.
Amores utiliza una pequeña parrilla improvisada para cocinar para él, su hija y su pequeña nieta, comprando carbón más caro, a 3 dólares la bolsa, porque genera menos humo dentro de su impecable hogar.
También invirtió en una luz tubular que un cubano en otro pueblo construye y vende; se puede cargar e incluso viene con un puerto USB.
Pero hasta esos brillantes inventos que han hecho famosos a los cubanos están fuera del alcance de personas como Mariela Viel, de 67 años; ella y su esposo aún no pueden permitirse agregar un baño a su casa de bloques de cemento con piso de tierra.
Mientras crecía, Viel dijo que nunca supo lo que era un apagón: “Y estábamos bien. Teníamos comida, el dinero”.
Trabajó más de 40 años en la cafetería de la compañía eléctrica de Cuba y ahora recibe una pensión mensual equivalente a 8 dólares.
“¿Qué me puede alcanzar? Para nada. Ni un paquete de pollo”, comentó.
Cuando hay electricidad, cocina arroz y frijoles y escucha su música favorita: las grandes orquestas cubanas.
Viel se sentó afuera una reciente tarde, observando a un par de vecinos caminar rápidamente con cubos de agua caliente para que sus familias pudieran ducharse durante una ola de frío que comenzó a finales de enero, con un récord de 0 grados Celsius (32 grados Fahrenheit) registrado en un pueblo al sureste de Santa Cruz del Norte.
Las celebraciones también comienzan más temprano ahora, y una familia organizó el cumpleaños número 15 de un niño —una edad importante en toda América Latina— a media tarde antes de que él y sus amigos optaran por terminar la fiesta al aire libre bajo una gran luna amarilla.
El astro brillaba sobre un grupo de personas cercanas que bailaban y cantaban afuera junto a un scooter que reproducía música desde sus altavoces para celebrar el cumpleaños de Olga Lilia Laurenti, ahora de 61 años.
“Realmente le digo que lo que tenga que venir, que venga, porque nosotros no podemos pararlo”, dijo mientras hacía una pausa en el baile.
“No le vas a perder parte de tu vida con algo que no está en tus manos. Si nosotros pudiéramos hacer algo, pero ¿qué vamos a hacer? No podemos sufrir. La risa no puede faltar, la alegría no nos puede faltar”.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.






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