‘Bridgerton’: la temporada 4 parece contenido hecho por IA, pero aun así se disfruta
Protagonizada por Luke Thompson y Yerin Ha, la serie es previsible, pero mantiene un encanto fácil de disfrutar
El imperialismo estadounidense es difícil de esquivar hoy en día, ya sea en los noticieros nocturnos o en las pantallas del streaming. Bridgerton —basada en libros de una autora estadounidense, creada por un guionista estadounidense y emitida por una plataforma estadounidense— es, probablemente, la serie más estadounidense de la televisión actual.
Que esté ambientada en la Inglaterra de la Regencia y tome referencias de Jane Austen o Charlotte Brontë no debería confundir a nadie. En su cuarta temporada, Bridgerton parece más dispuesta que nunca a abrazar sin pudor sus códigos yanquis.
Tras recorrer a los miembros más inmediatamente seductores del clan Bridgerton, esta nueva entrega pone el foco en Benedict (Luke Thompson), el carismático segundo hijo. “¿Dónde está Benedict?”, se lamenta su madre, Lady Violet (Ruth Gemmell), siempre frustrada por la ambigüedad de su hijo frente a las normas sociales. Esa distancia se ve puesta a prueba cuando Benedict conoce a una mujer misteriosa en un baile de máscaras.
¿Quién es? ¿Por qué su comprensión de la alta sociedad parece provenir casi exclusivamente de los panfletos chismosos de Lady Whistledown? ¿Y puede encontrarla solo a partir del guante que ella deja atrás? La respuesta es Sophie Baek (Yerin Ha), la hija mayor del fallecido lord Penwood, relegada al rol de sirvienta por su madrastra autoritaria y malintencionada, Lady Penwood (Katie Leung). Sophie también carga con dos hermanastras irritantemente consentidas. Sí: esta temporada de Bridgerton se entrega de lleno a Cenicienta.
“Todo el mundo sabe que los libertinos reformados son los mejores maridos”, les dice Lady Penwood a sus hijas. Y ese parece ser el mantra de Bridgerton cada temporada. Primero fue el duque de Hastings de Regé-Jean Page, luego el vizconde Bridgerton de Jonathan Bailey y, en la entrega anterior, el jóven Colin Bridgerton interpretado por Luke Newton.
Así, la paulatina conclusión de Benedict de que debe cambiar su bisexualidad libertina por una monogamia heterosexual apacible no es más que Bridgerton siendo fiel a sí misma. La serie —creada por Chris Van Dusen y producida por Shondaland, de Shonda Rhimes— ha tomado las convenciones del drama de época y las ha destilado hasta volverlas todavía más previsibles. Es lo más cercano a un romance de la Regencia hecho con “relleno de IA”: tramas recicladas de novelas clásicas y cuentos de hadas, rostros de perfección inmaculada y una puesta en escena bañada en colores estridentes y sobresaturados.
Y, aun así, Bridgerton sigue siendo plenamente disfrutable. Luke Thompson —tras años casi decorativos, como tocando el triángulo al fondo de la orquesta familiar— se revela como un protagonista sorprendentemente sólido, mientras que Yerin Ha, que debuta en la saga, funciona como una heroína convincente, aunque su personaje sea casi imposible de tan perfecto (y tenga un acento que salta entre Inglaterra y Australia como el de una médica residente o una instructora de pilates).
“No eres como las demás jóvenes”, le dice Benedict a Sophie. “Y eso es un alivio”. Su romance no alcanza el nivel de picante del de Daphne y el duque, interpretados por Phoebe Dynevor y Regé-Jean Page, pero Bridgerton nunca se ha caracterizado por la sutileza. La serie prefiere mostrar exceso antes que insinuación: más escotes agitados y traseros desnudos que deseo contenido o fascinación no correspondida.
Sus creadores saben perfectamente lo que su público espera —un aristócrata encantador, una historia de amor (en apariencia) imposible, trajes de tres piezas, vestidos vaporosos, bocadillos delicados y tazas de té— y cumplen sin desviarse.
Que todo esto es una fantasía resulta evidente. El programa es producto de la fascinación de estadounidenses anglófilos por el sistema de clases británico, y aun así se ha convertido en la propiedad intelectual original más importante de Netflix desde el final de Stranger Things. Tal vez solo sea cuestión de tiempo antes de que aparezca una especie de Disneyland de Jane Austen en las afueras de Bath.
Y pese al cinismo que este proyecto despierta, la temporada más reciente de Bridgerton sigue siendo agradable de ver. Por cuarta vez, la serie aplica su fórmula conocida y —para sorpresa de pocos— obtiene el mismo resultado: una telenovela estadounidense sexy, vestida con cofias y corsés.
Traducción de Leticia Zampedri




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