De Turín 2006 a Milán-Cortina: 3 voluntarias y lo que los Juegos significan para ellas

Un pequeño ejército mantiene en marcha cada edición de los Juegos Olímpicos las 24 horas del día. En los Juegos de Invierno de Milán-Cortina, algunos de sus elementos son veteranos curtidos con una trayectoria que se remonta a 20 años.
Unos 18.000 voluntarios se encuentran repartidos en el norte de Italia, cubriendo las sedes con un mar de uniformes azul marino.
The Associated Press entrevistó esta semana a tres mujeres italianas que trabajan como voluntarias en Milán. Dos de ellas realizaron labores en los Juegos de Turín 2006 —la segunda vez que Italia acogía los Juegos Olímpicos de Invierno— y la tercera trabajó para su comité organizador local.
Un ejemplo para sus hijas
Cristina Romagnoli cambió su herencia italiana para convertirse en irlandesa por unas semanas en 2006. Como voluntaria en los Alpes al oeste de Turín, le asignaron a los atletas de Irlanda.
“Apoyábamos al equipo casi 24 horas al día, y para agradecer el trabajo de los voluntarios, incluso nos invitaron a desfilar con ellos durante la ceremonia de clausura”, contó Romagnoli.
Romagnoli, que entonces tenía 25 años, conserva pocas fotos de aquellos Juegos —una época anterior a los iPhone—, pero atesora sus pines, el manual del voluntario y los vales de almuerzo como recuerdos.
Cuando se anunciaron los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina, estaba lista para la segunda ronda. En Milán, de donde es originaria, trabaja como voluntaria en la sede de patinaje de velocidad en pista corta.
“Podemos ayudarlos con su ropa, o con el mantenimiento de los cojines de protección de la arena”, explicó. “Se trata de ofrecer nuestra disponibilidad y apoyo durante toda la competición, en cualquier necesidad que pueda surgir durante la prueba y en las sesiones de entrenamiento”.
Romagnoli, ahora de 45 años, está lista para que sus hijas, de 10 y 11, tomen la antorcha más adelante.
“Quería que respiraran lo que realmente es el espíritu olímpico, los valores deportivos olímpicos”, afirmó. “Espero que cuando tengan la edad adecuada para participar, lo hagan en mi lugar o junto conmigo”.
Abrir la puerta a una nueva vida
Angela Frisina tenía 50 años cuando fue voluntaria en Turín. Se sentía atrapada en un ciclo interminable entre el trabajo y la casa. Así que, cuando una colega le sugirió que solicitara participar en los Juegos Olímpicos de Invierno, se sintió cautivada.
Nacida en Reggio Calabria, pero criada en Turín, quería retribuir a su ciudad adoptiva.
Pasó los Juegos en un hotel que alojaba a patrocinadores y delegaciones, con tareas que iban desde darles indicaciones para llegar a las sedes y a las tiendas de regalos hasta recomendar restaurantes.
Y la experiencia le cambió la vida.
“Yo no iba al cine. Solo el trabajo, mi hijo, la casa”, declaró a la AP. “Y para mí, estos Juegos Olímpicos abrieron la ventana. ¡La puerta!”.
Se unió a un grupo de exvoluntarios de los Juegos de Turín y ha dedicado las dos décadas siguientes a donar su tiempo en toda Italia, incluido el Jubileo del año pasado en el Vaticano y el Festival de la Canción de Eurovisión en 2022.
Ahora, la nonna —“abuela” en italiano— de 70 años hace voluntariado como acomodadora, ayudando a la gente a encontrar sus asientos en la arena de hockey sobre hielo femenino en los suburbios de Milán. Entre turnos, hace videollamadas con su nieto de 5 años para contarle sobre las personas que ha conocido.
Aunque se ha quedado en Italia, Frisina sostiene que hablar con turistas de países cercanos y lejanos ha ampliado sus horizontes.
“He visitado todo el mundo”, expresó.
Una familia olímpica
Olivia Azzalin encontró el amor antes de los Juegos Olímpicos de Turín.
Trabajó para el comité organizador local como asistente del director deportivo entre 2001 y 2003.
En medio de los preparativos para los Juegos, se enamoró de un colega y, para cuando se encendió el pebetero en 2006, la pareja esperaba un hijo y planeaba su boda.
“Creo que los Juegos Olímpicos son un excelente Tinder”, bromeó.
Azzalin, que entonces tenía 34 años, había dejado el comité organizador, pero aceptó un empleo temporal con Visa, uno de los mayores patrocinadores de los Juegos Olímpicos, para trabajar en un hotel donde la empresa alojaba a invitados y personal.
“No quería perdérmelo”, señaló.
Dio a luz unos meses después de los Juegos y, dos décadas más tarde, ella y su hijo estuvieron entre los primeros en solicitar ser voluntarios, aunque él finalmente no pudo acompañarla por los exámenes universitarios.
Así que Azzalin va sola a la Villa Olímpica en Milán, la ciudad donde su familia ha vivido durante casi 12 años. La mujer de 53 años ha montado sillas, ganándose un pin de agradecimiento de la delegación finlandesa, y ha ayudado a los atletas a separar la basura y reciclar en la cafetería de la Villa.
“Es gracioso porque quizá los viste la noche anterior en la televisión”, comentó.
Su esposo, mientras tanto, se ha quedado en casa.
“Dijo que los Juegos Olímpicos en Turín ya fueron peligrosos para él”, se rio, “porque volvió a casa con esposa e hijo”.
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Vasilisa Stepanenko y Andrea Rosa en Milán contribuyeron a este reportaje.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.






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