Manifestantes iraníes se enfrentan a la policía en las calles en su lucha por un cambio real

El régimen se ve sacudido por la ira que estalló desde la muerte de Mahsa Amini, pero para derrocar a la República Islámica serán necesarios más manifestantes y acciones más contundentes, reporta Borzou Daragahi

Sábado, 08 de octubre de 2022 16:56 EDT

Las protestas antigubernamentales se extienden por todo Irán

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Fue durante una de las noches de las recientes protestas en la ciudad del norte de Irán donde ha vivido la mayor parte de su vida.

Se encontraba entre los jóvenes que lanzaban piedras y botellas y encendían fuego, enfurecidos por la muerte de Mahsa Amini, una joven kurda iraní de 22 años que murió mientras estaba bajo la custodia de la despreciada policía de la moral, por toda una vida de represión y por la hipocresía del régimen. A través del humo y la oscuridad, observó la fila de agentes del régimen vestidos de civil y de milicianos basiji que se enfrentaban a ellos.

Mujeres kurdas sostienen retratos de Mahsa Amini durante una protesta en Qamishli, en el norte de Siria

Eran los mismos matones brutales que habían asaltado fiestas en casas, se habían nombrado señores de las comunidades o habían acosado a los jóvenes en las calles. Pero esta noche, había algo novedoso en los atormentadores, algo que nunca había detectado antes.

Esta noche, vio el miedo. Se apiñaban unos con otros. Tenían verdadero miedo de los manifestantes.

“Tenían miedo como perros”, recuerda el manifestante en una entrevista realizada en voz baja a través de una aplicación telefónica encriptada. “Estaban aterrorizados. Pase lo que pase después de estas protestas, las cosas nunca volverán a ser iguales”.

Irán vive más de tres semanas de mortíferas protestas callejeras desencadenadas por la muerte de Amini.

Decenas de personas han muerto en enfrentamientos violentos, entre ellos varios jóvenes cuyos rostros se han convertido en gritos de guerra para un movimiento amorfo.

Las protestas tienen el objetivo declarado de provocar la caída del régimen de Teherán, de 43 años de antigüedad, pero aún no han alcanzado una masa crítica, y puede que no lo hagan durante algún tiempo, si es que lo hacen.

Tanto el líder supremo, Alí Jamenei, como el presidente, Ebrahim Raisi, se han referido a las protestas, culpando, como era de esperar, a las potencias extranjeras de provocar los disturbios para empañar la reputación del país y arrebatarle sus supuestos logros. Por ahora, el régimen cree claramente que tiene las protestas bajo control, y aún no ha recurrido a sus herramientas de seguridad más funestas.

The Independent habló con media docena de personas involucradas en las protestas en Irán.

Una manifestante muestra pintura roja en su cara que asemeja salpicaduras de sangre y huellas de manos ensangrentadas junto al emblema nacional iraní

Describen una nación al límite, que se adentra en un terreno desconocido. Es evidente que las protestas han sacudido al régimen. Altos funcionarios prometieron estudiar la reforma de las leyes relativas al hiyab y se comprometieron a investigar la muerte de Amini, que un reporte forense publicado el viernes concluyó que no fue causada por golpes.

Mientras tanto, las autoridades han detenido a miles de manifestantes, activistas de la sociedad civil, periodistas, cineastas, artistas y políticos, incluida la hija del expresidente Hashemi Rafsanjani.

La ruptura fragmentó las relaciones entre una camarilla de clérigos envejecidos, oficiales militares que sirvieron en la guerra entre Irán e Irak y sus allegados y otra nueva generación de iraníes. La violencia marca el completo desmantelamiento de la especie de paz de años que siguió al levantamiento de 2009 desencadenado por la disputada reelección del presidente Mahmud Ahmadineyad.

“¿Acaso la élite está aterrada de que el régimen vaya a caer mañana, o de que este momento concreto vaya a conducir a la caída de la República Islámica? No”, afirma Narges Bajoghli, especialista en los gobernantes de Irán y su ideología en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins. “Pero también saben que han perdido la guerra narrativa”.

Una mujer sostiene una pancarta con una foto de Mahsa Amini mientras asiste a una protesta en Berlín, Alemania

De la noche a la mañana, Irán se ha transformado.

Las mujeres se despojan de sus velos día tras día en una ola de desobediencia civil contra la ley que impone el hiyab. Las autoridades son incapaces de mantener el control, o incluso de comprender del todo la revolución social que se ha producido.

“¿Qué van a hacer ahora que las mujeres se quitan el velo mientras la multitud las aclama?”, exclamó Bajoghli. “Este es un tema que afecta a las mujeres de todas las edades. Afecta a madres y padres y a hermanos y hermanas. Se trata de una cuestión que va más allá de la política y de la política formal del Estado”.

A los problemas del régimen se suman los reportes casi diarios de nuevas muertes de mujeres jóvenes.

Una mujer hace una señal de victoria en Teherán

Aunque el régimen intenta calmar a la población, sus propias fuerzas de seguridad y las milicias aliadas Basiji siguen echando leña al fuego. Entre ellos se encuentran Nika Shakrami, una joven de 17 años que fue asesinada durante las protestas en Teherán, Sarina Esmailzadeh, de 16 años, y Hadis Najafi, de 23 años, quien murió en Karaj.

Cada muerte se convierte en una nueva chispa de indignación pública, que provoca más protestas, más muertes y más protestas. Es un ciclo que el régimen clerical conoce, pues es la misma dinámica que llevó al derrocamiento del Sha en los meses anteriores a 1979, que puso a los mulás en el poder.

La violencia y las protestas suelen comenzar con estudiantes de secundaria que se arrancan el hiyab o lo arrojan a la hoguera y salen a la calle. Junto con los estudiantes universitarios, los estudiantes de secundaria que comparten lazos de confianza formados a lo largo de los años se reúnen de forma habitual en el campus para trazar planes. Tales vínculos son más raros en la población tan urbanizada de Irán.

“Nos vemos todos los días”, dijo un manifestante en una entrevista. “Nos mantenemos al tanto de las noticias y las anunciamos en las redes sociales”.

Aunque los jóvenes impulsan las protestas en primera línea, también participan iraníes de diferentes grupos de edad. Algunos se mantienen al margen, pero vigilan a los agentes de seguridad y se unen a las protestas. Otros acuden con sus autos y motocicletas para obstruir el tráfico.

La gente pisa un cartel del presidente iraní Ebrahim Raisi mientras participa en una protesta ante las Naciones Unidas

Otros gritan desde sus azoteas por la noche. “Muerte al dictador”, gritan, o “Mujeres, vida, libertad”.

“Todo el mundo va. Yo voy, y todos los que me rodean, mis amigos, van”, señaló una activista por los derechos de las mujeres, quien pidió que no se revelara su nombre. “Lo cerca que estén de la acción depende de su situación, pero vamos todos. Yo no voy al frente, sino que marcho con la gente, o voy en moto, doy vueltas y veo dónde hay disturbios, y luego me bajo y camino. Todos los que me rodean hacen lo mismo”.

El jueves, acudió a un salón de belleza donde la recepcionista le dijo que se dirigía a la plaza Tajrish, en el norte de Teherán, todas las noches después del trabajo para esperar las protestas. Varios clientes le comentaron que ellos también participaban, y dijeron que sus vecinos también lo hacían.

“Cuando hay un día y una hora establecidos, la gente participa”, explicó. “Pero cuando está dispersa, es más difícil de encontrar. Además, hay mucha gente detenida. Así que hay que tener cuidado”.

Manifestación en solidaridad con el pueblo iraní en Estrasburgo

Las detenciones masivas han trastocado vidas. Los manifestantes empiezan a vivir con pocas horas de sueño, acampan en los departamentos de diferentes amigos en diferentes noches, cambian de forma constante sus teléfonos y tarjetas SIM para evitar ser ubicados y terminar en la cárcel.

Los observadores más veteranos están impresionados por la amplitud demográfica de quienes participan en las manifestaciones, aunque no todos puedan unirse todos los días.

“Por el momento, un gran grupo de personas ya está en las calles”, subrayó un científico social de Teherán quien habló bajo condición de anonimato. “Los padres de estos adolescentes son los que nacieron en las décadas de 1970 y 1980, por lo que ellos mismos son hijos de la revolución y han participado en muchas manifestaciones antes”.

Aun así, el número de manifestantes es relativamente bajo en comparación con los cientos de miles que participaron en las protestas de 2009, y los iraníes reconocen que para derrocar al régimen tendrán que atraer a diferentes grupos, entre ellos franjas de personas mayores, así como iraníes conservadores y religiosos.

Aunque se reportan huelgas esporádicas de comerciantes en varias ciudades, hay pocos indicios de que los principales sectores de la economía estén haciendo caso a los llamados al cierre.

Un residente de un barrio conservador del sur de Teherán comentó que las manifestaciones apenas se notaron en su distrito, al que se trasladó para obtener un alquiler más barato. En su barrio, nunca se ha cortado Internet y nunca se ha desplegado la policía de la moral.

Durante un día de protestas duro en particular, entró en una tienda local donde el propietario estaba viendo muy animado un programa de comedia en la televisión estatal.

“Se estaba riendo y casi comenzamos a discutir”, relató el residente de Teherán. “En realidad no sé qué le pasa a esta gente. En verdad no entiendo a la mayoría de ellos. Tengo unos 30 años y no tengo ningún problema en salir a la calle. Para ser honestos, no tengo nada que perder”.

Sin embargo, muchos iraníes siguen temiendo que sí lo tengan. El activista del norte de Irán describió las llamadas telefónicas que recibe de los funcionarios de seguridad: al principio le dijeron que se mantuviera alejado de las protestas, pero ahora le advierten que se ocuparán de él cuando la crisis haya terminado. Ya hace planes para irse al extranjero y pasar desapercibido durante unos meses.

“El espacio es muy represivo y la violencia es muy alta”, expresó. “Las fuerzas de seguridad vienen, golpean y matan. Están matando como si nada. Son muy salvajes”.

Millones de iraníes también trabajan en el sector público, y muchas empresas dizque privadas también están vinculadas al gobierno. Sus vidas están ligadas al régimen, que tiene tentáculos en todos los sectores de la economía, desde la construcción hasta la educación, la tecnología y el importantísimo campo petroquímico.

“Hay mucho descontento entre la gente, y la gran mayoría está muy cansada de la situación: se oponen al régimen, se oponen al líder supremo y puede que, en este momento, incluso se opongan a la religión”, señaló un estudiante universitario de la capital, que cuenta con los iraníes conservadores y religiosos como amigos.

“Pero para muchos, ir a protestar iría en contra de sus intereses. Se quedan al margen. El control del gobierno es muy fuerte. A todos les gustaría hacer algo. Pero para que participen y haya una revolución, tiene que haber otro elemento, una chispa”.

Las protestas se han extendido hasta Europa y EE.UU.

Esa ruptura podría producirse con una división política o una crisis en la cúpula, como la muerte de Alí Jamenei, de 83 años, y la consiguiente batalla por la sucesión. Cualquier fisura dentro de la élite animaría a los manifestantes, y los ancianos del régimen parecen saberlo.

En repetidas ocasiones, los partidarios del régimen han denunciado la falta de interlocutores dentro del movimiento de protesta, a pesar de que los dirigentes llevan décadas purgando el gobierno de moderados y encarcelando o exiliando a líderes eficaces de la sociedad civil. Por miedo a parecer débiles, se niegan a aflojar los controles represivos, e incluso endurecen las restricciones.

La policía de la moral, por ejemplo, empezó a suavizarse bajo la presidencia de ocho años de Hassan Rouhani, solo para redoblar la aplicación del código de vestimenta tras la llegada de Raisi al poder el año pasado.

“La gente no ve vías para la reforma y el cambio”, manifestó Bajoghli. “Eso responde directamente a que el establishment no está dispuesto a hacer concesiones. Si no están dispuestos a hacer concesiones y las manifestaciones continúan, y los manifestantes ya no temen su poder, ¿qué van a hacer al respecto? Lo que las autoridades afrontan ahora es, en esencia, diferente a lo de antes”.

Entre algunos manifestantes, hay una explicación mucho más ominosa de por qué ellos u otros se mantienen al margen. Aunque las animadas e imaginativas protestas de los jóvenes captan la imaginación de los extranjeros, muchos iraníes temen que, en última instancia, sean ineficaces contra un régimen que mata a chicas de 16 años que protestan de forma pacífica en las calles.

Dicen que se unirán a las protestas cuando parezca que van a ganar. Dicen que las imágenes de vídeo de iraníes cantando pacíficamente pueden inspirar a Toronto o Londres, pero son las imágenes de iraníes golpeando a los basijis las que inspiran las calles de Sanandaj y Karaj.

Ya han muerto varios agentes de seguridad en la violencia, y los círculos de la oposición anuncian cada muerte con algo parecido al regocijo. La televisión estatal emitió una entrevista a un agente de los Basiji que dijo que fue sometido por los manifestantes al grito de “¡Muere, muere!” mientras lo golpeaban. El vídeo se hizo viral en las redes sociales de la oposición iraní, y provocó un elogio universal.

“La gente que se queda atrás está preocupada porque no se puede hacer lo que hay que hacer con protestas y eslóganes, se necesita algo más contundente”, explicó un manifestante.

“Hay que apuntar a sus comisarías y a sus televisiones. Por ahora, nuestra gente es muy buena y no quiere hacer daño a las fuerzas de seguridad. Pero hay que hacerlo. Hay que hacer que tengan miedo. Hay que hacerles huir”.

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