El telar como resistencia: una artesana mexicana convierte su oficio en una forma de lucha LGBTQ+
Xaneri Merino no estaba destinada a seguir los pasos de su abuela.
Ahora es una mujer trans pero al nacer fue identificada como varón en San Pedro Jicayán, una comunidad indígena del sur de México donde es mal visto que un hombre quiera tejer.
Merino tendría que haber cuidado del ganado o trabajado la tierra, pero su abuela desafió esas estrictas normas de género para enseñarle a usar el telar de cintura.
“Ella me comienza compartir del saber del telar de forma oculta,” dijo Merino. “Me enseñó a hacer el hilo desde cero, a sentir las texturas y respetar a la naturaleza.”
El linaje materno de Merino proviene del pueblo mixteco, donde relatos preservados en códices rastrean el nacimiento de dioses y dinastías a paisajes sagrados. Su ascendencia paterna es zapoteca, donde la vida religiosa sigue entretejida en lo cotidiano, desde la cosecha hasta el matrimonio y la muerte.
Una de las lecciones más valiosas que aprendió de su abuela fue devolver a la tierra lo que tomes de ella. Los tejedores de su comunidad, dijo Merino, hacen herramientas para tejer con el árbol de tamarindo pero encuentran modos de retribuir lo prestado.
“Dentro de nuestra cosmovisión está siempre tener respeto a la tierra”, señaló Merino. “Porque es la que nos brinda todo lo que tenemos”.
Tanto su legado ancestral como su identidad de género hoy juegan un papel decisivo en su vida.
Además de identificarse como una mujer trans, Merino también se reconoce como “muxe”. El término está arraigado en la cultura zapoteca y se refiere a personas indígenas nacidas con sexo masculino que asumen roles femeninos. También puede considerarse un tercer género.
Merino dedica la mayor parte de su tiempo a la confección de textiles y a ofrecer talleres que no sólo enseñan a tejer, sino a emplear el telar como acto de resistencia.
“Todas las personas somos capaces de aprender a tejer y no solamente se trata de crear una pieza, sino de tejer nuestras propias historias,” dijo Merino durante un taller que ofreció recientemente en Ciudad de México para personas LGBTQ+. “También en el telar nos conocemos.”
El precio de desafiar las normas
Hubo un tiempo en que Merino fue castigada por tejer. Tenía unos 15 años cuando algunos vecinos la sorprendieron frente a su telar mientras iban de camino a una fiesta patronal.
El resto del a tarde siguió como si nada. Los devotos rezaron y compartieron alimentos. Pero al día siguiente, en los altavoces dispersos por la comunidad, una voz llamó a los hombres a reunirse para discutir un asunto serio y urgente: un chico se había atrevido a tejer.
Los hombres hicieron un círculo y ordenaron a Merino que se quedara en medio. Junto a ella estaban su madre y abuela.
Alguien preguntó a esta última por qué le estaba enseñando a tejer si no era una actividad propia de los varones. “¿Qué le estás enseñando a las demás infancias?”, siguió.
Merino recuerda que la respuesta de su abuela fue simple: Lo que hizo no tenía nada de malo. Simplemente le enseñó cómo ser una persona creativa y mantener su cultura viva a través del vestido.
Un distanciamiento
El castigo de Merino por su atrevimiento fue barrer la iglesia local. Después de eso siguió tejiendo de manera ocasional a escondidas, pero la experiencia le dejó un mal sabor de boca y la distanció de su telar.
“Me surgió un resentimiento muy fuerte con el textil y con los usos y costumbres,” dijo Merino. “Tener la habilidad de crear y que no se te permita hacerlo era como tener ojos y me los quitaran. Ya no podía ver.”
Se reconcilió con los hilos unos cuatro años después, cuando se mudó a Ciudad de México para estudiar la universidad.
Ahí cursó la carrera de Comunicación, donde abordó materias como gestión cultural, estudios textiles y enfoques poscoloniales sobre la resistencia de los pueblos originarios.
“Me ayudó a hacerme entender que podía ocupar mi realidad para un bien”, dijo Merino. “Y para mí el telar fue un método de sanación”.
Lecciones del telar
Durante su último taller, una alumna que ya había tomado clase con Merino contó a sus compañeros que el telar es un espejo de su tejedor. La dicha y la calma — al igual que el enojo y la angustia — se transmiten a los hilos al tejer.
“Me gusta mucho la manera de enseñar de Xan porque es muy relajada, muy humana y nos va enseñando con paciencia”, dijo más tarde Emilia Freire, una mujer trans al igual que Merino, a The Associated Press. “Me hizo ver que todas las cosas que yo traía de mi semana, el día que llegaba el taller podía sacarlas”.
Otro estudiante, Kristhian Cravioto, explicó que era su primer taller de telar de cintura. Celebró que existiera un espacio seguro para personas LGBTQ+ interesadas en textiles y que Merino desafiara los prejuicios de que los hombres no deben tejer.
“Es muy importante para las disidencias”, dijo Cravioto, un diseñador que se siente fascinado por las artes indígenas de México. “Saber que como disidencia, sin importar si eres hombre o si eres mujer, sirves de algo”.
El telar como legado
Un telar de cintura tradicional está compuesto por cuerdas, hilos y varas de madera ensambladas en una estructura portátil. Las mujeres suelen trabajar sentadas en el suelo, con un extremo del telar atado a un árbol o poste y el otro sujeto a su cintura.
Inclinándose hacia atrás y hacia adelante, controlan la tensión de los hilos con el cuerpo, convirtiendo el movimiento en un ritmo constante de tejido.
Terminar cada pieza toma tiempo. Merino suele tejer por más de un mes, unas ocho horas al día, sólo para terminar un “huipil” corto, como se denomina a una túnica tradicional que usan las mujeres Indígenas de México.
Algunos tejedores que migraron de sus pueblos a las ciudades usan hilos y madera disponible en sus nuevos hogares. Merino, en cambio, viaja de vuelta a casa para traer su materia prima. Entre esos recursos destaca un tinte púrpura obtenido de un caracol que habita en la costa, un recurso que se ha vuelto cada vez más difícil de recolectar a medida que la especie disminuye.
La nostalgia por su comunidad nunca se apaga, pero Merino se siente confortada por el hecho de que, siguiendo su ejemplo, miembros más jóvenes de la comunidad LGBTQ+ de San Pedro Jicayán se han atrevido a tejer.
“Hay otras cinco mujeres trans y dos hombres tejiendo”, dijo Merino. “Ya estamos siendo visibles a partir del tejido y para eso ha sido esta lucha”.
___
La cobertura religiosa de The Associated Press recibe apoyo a través de una colaboración con The Conversation US, con fondos del Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de todo el contenido.






Bookmark popover
Removed from bookmarks