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Dos mujeres lo arriesgaron todo para protestar por la detención de sus maridos en Venezuela

Mileidy Mendoza y Sandra Rosales aguardaban atentas frente a las puertas de un centro de detención en la capital de Venezuela mientras un agente de policía gritaba nombres en la noche.

Con cada nombre, un preso salía tambaleándose por las puertas y se lanzaba a los brazos de una mujer. Quince hombres y dos mujeres. Todos presuntos presos políticos. Todos liberados a pocas horas de comenzar el Día de San Valentín gracias al trabajo de Mendoza, Rosales y más de una veintena de otras mujeres que se atrevieron a desafiar a su gobierno autoritario.

Estas esposas y madres ya habían participado durante 37 días en una protesta que transformó un callejón de Caracas en un campamento improvisado. Las mujeres habían rezado, coreado consignas y publicado sus súplicas en redes sociales. Se habían encadenado unas a otras. Habían gritado, con la esperanza de que sus voces fueran escuchadas por los presos recluidos tras gruesos muros de hormigón.

La liberación de los 17 reclusos aquella gélida mañana de febrero fue agridulce para Mendoza y Rosales. Sentían una oleada de orgullo ante cada emotivo reencuentro afuera de los muros de la cárcel. Sin embargo, también tenían una sensación de derrota. No se mencionaron los nombres de sus propios maridos.

Las dos mujeres, que no tenían experiencia previa en política, formaban parte de un movimiento que surgió después de que el ejército estadounidense atacara Venezuela el 3 de enero y capturara y destituyera a su presidente, Nicolás Maduro. La protesta puso a prueba la salud y la determinación de las esposas de formas que aún las atormentan. También ha puesto a prueba la disposición de un gobierno autoritario a refrenar sus impulsos represivos.

Bajo la presión del gobierno de Estados Unidos, Venezuela anunció en enero que liberaría a los presos políticos, lo que dio esperanza a las familias de disidentes detenidos. Unas 150 manifestantes, en su mayoría esposas y madres, se instalaron frente a las puertas de las cárceles y prisiones donde se sospechaba que había detenidos políticos. Su manifestación se convirtió en una prueba clave de hasta qué punto la intervención de Estados Unidos puede allanar el camino para el restablecimiento de los derechos civiles en Venezuela después de que Maduro fuera sustituido por su leal vicepresidenta.

El gobierno de Trump ha elogiado al gobierno de la presidenta encargada Delcy Rodríguez por su compromiso de liberar a los presos políticos. Pero grupos de derechos humanos afirman que las autoridades venezolanas han sido selectivas a la hora de decidir a quién liberar, y más de 400 presos políticos siguen tras las rejas.

La oficina de prensa del gobierno venezolano no respondió a una solicitud de comentarios sobre sus planes para los presos o sobre cómo decide qué detenidos son liberados.

Tras enterarse de que sus maridos y al menos otros 40 hombres permanecerían en la cárcel, Rosales y Mendoza regresaron a su tienda de campaña. Aún no había amanecido cuando discutían sus opciones mientras desayunaban galletas y ensalada de jamón. Esta sería su última comida, se comprometieron, hasta que sus maridos fueran liberados.

“Vamos a estar aquí el tiempo que sea necesario”, le dijo Mendoza a Rosales, sentada en un colchón y con una mascarilla como medida de prevención sanitaria. “Hay que seguir luchando por nuestro propósito, que es que liberen a todos. Que ni uno, ni dos, ni 17, sino a todos”.

Cómo comenzaron las protestas

Rosales y Mendoza no se conocían antes de empezar a luchar por la libertad de sus maridos.

Mendoza vivía en el oeste de Caracas con su esposo y sus dos hijos, mientras que Rosales y su marido criaban a cuatro hijos en la otrora próspera ciudad industrial de Valencia, en el centro-norte de Venezuela.

Mendoza, un ama de casa de 30 años, vendía artesanías para complementar el sueldo de su esposo como conductor. Rosales, de 37 años, tenía un trabajo estable como maestra de primaria; su esposo trabajaba como técnico en explosivos para el servicio de inteligencia del Estado. Ninguna de las dos era del tipo que salía a socializar en su tiempo libre, ya que preferían pasar tiempo con sus hijos.

Mendoza vio por última vez a su esposo, Eric Díaz, una mañana de noviembre cuando él salió de casa para ir a trabajar. Se enteró de su detención por un amigo y entró en pánico. A él no se le permitió llamarla, y las autoridades se negaron a reconocer su detención.

Pasaron semanas antes de que se enterara de que el gobierno venezolano lo había acusado de conspirar para detonar una bomba en una plaza pública de Caracas. El plan, según el temido ministro del Interior del país, Diosdado Cabello, fue impulsado por Estados Unidos y una facción de la oposición venezolana.

El esposo de Rosales, Dionnys Quintero, también había sido arrestado ese mes y acusado de estar involucrado en el mismo complot. A él tampoco le permitieron hacer una llamada telefónica.

Las acusaciones la dejaron perpleja. Ella y Quintero creían firmemente en las ideas de Hugo Chávez, el apasionado líder venezolano que inició una autoproclamada revolución socialista a principios de siglo y fue mentor y predecesor de Maduro. Siempre votaban por el partido gobernante. Solo pudo concluir que lo habían vinculado al caso “por su profesión”.

“Todos los cuerpos policiales son como una escalera. El de arriba no va a caer; cae el más pequeño”, comentó Rosales. “Y los de arriba siempre se van a cuidar de no caer”.

El gobierno venezolano no respondió a preguntas sobre por qué detuvo a los maridos de Rosales y Mendoza.

Por su parte, las acusaciones dejaron perpleja a Mendoza. Su esposo no había participado en actividades políticas ni había trabajado para los servicios de seguridad. Ella dijo que él pasaba todo el tiempo repartiendo material para una empresa de eventos o en casa.

Las fiestas de fin de año fueron especialmente duras para sus hijos, ya que las mujeres no sabían qué responder cuando les hacían la misma pregunta:

“¿Cuándo voy a ver a mi papá?”.

Las dos mujeres no se atrevían a quejarse públicamente. Amigos y familiares les habían dicho a ambas que guardaran silencio porque corrían el riesgo de ser arrestadas y dejar a sus hijos a su suerte. El gobierno de Maduro tenía fama de reprimir sin piedad la disidencia, especialmente tras las elecciones de 2024, que afirmó haber ganado.

Ese cálculo cambió después de que el ejército estadounidense capturara a Maduro el 3 de enero en Caracas. Cinco días después, bajo la presión de la Casa Blanca para que liberara a los disidentes, el gobierno venezolano anunció la inminente liberación de presos con la “intención de búsqueda de la paz”, sin especificar con quién.

Para entonces, Mendoza había acudido a múltiples centros de detención para preguntar por Díaz. Afuera de una cárcel se encontró con un hombre que había sido liberado recientemente. Le mostró fotos de Díaz y de un primo suyo que también había sido detenido. El hombre reconoció a Díaz.

Le dijo a Mendoza que su esposo estaba recluido junto con docenas de otros presos políticos en una comisaría de la calle Mara, un callejón sin salida en un barrio lleno de almacenes, una fábrica de muebles, un laboratorio farmacéutico y una escuela católica.

Horas después de que el gobierno anunciara su intención de liberar a los detenidos, Mendoza y un puñado de otras mujeres se dirigieron a la comisaría con la esperanza de consolar a sus maridos. No llevaban más que unas cuantas mantas de lana.

Cuando los hombres no fueron liberados, las mujeres decidieron hacer algo. Se negaron a irse y montaron un campamento frente a la comisaría. Un empleado de la fábrica de muebles les regaló cojines de espuma para que les resultara un poco más cómodo acostarse por la noche.

Unos días más tarde, Rosales se unió a la iniciativa, que en un momento dado llegaría a contar con 30 mujeres. Ella y Mendoza pronto se hicieron muy amigas, encontrando una especie de equilibrio en sus temperamentos opuestos.

Rosales era tranquila y racional, y a menudo impedía que Mendoza hiciera algo impulsivo, mientras que su amiga era ardorosa y apasionada, sin miedo a sacar a las otras esposas de su zona de confort para intensificar sus cánticos y consignas.

“Somos mucho más que compañeras, aquí somos una familia”, dijo Mendoza, refiriéndose a Rosales y a las demás esposas. “Lo que les pase ahí voy a estar presente para lo que sea, porque a través de ellas he aprendido mucho, hasta de ser valiente”.

Aunque tenían personalidades diferentes, coincidían en que se enfrentaban a un enemigo peligroso.

Las autoridades venezolanas no tienen “nada de humanidad en su ser. No temen a Dios”, manifestó Rosales. “La sociedad venezolana está enfrentando a un monstruo”.

El campamento se expandió lentamente desde la acera hacia la calle. Las tiendas de campaña, los palés sobre los que se colocaban, las sillas, los taburetes y la comida comenzaron a ocupar espacio. Un almacén les proporcionó agua a las mujeres, y otro les tendió una extensión eléctrica para que pudieran cargar sus teléfonos, preparar café, poner música y calentar planchas de pelo. Un negocio les permitió usar el sanitario.

Bajo la creciente presión internacional provocada por las protestas, el gobierno venezolano hizo una concesión, permitiendo a las mujeres visitar a sus seres queridos, reconociendo de facto por primera vez que los hombres habían estado detenidos allí todo el tiempo.

Rápidamente reunieron la ropa que el gobierno les exigía llevar en la visita del 27 de enero: camisetas blancas y jeans azules.

Mendoza, Rosales y unas dos docenas de mujeres más estaban eufóricas al entrar en la comisaría. Todas se mostraban optimistas de que podrían salir de allí con sus seres queridos.

Los hombres se veían pálidos y habían perdido peso

Las mujeres entraron en la zona de visitas en pequeños grupos. Lo que vieron las conmocionó.

Sus hombres —y dos mujeres detenidas— estaban pálidos y habían adelgazado. Parecían haber envejecido. Las reclusas vestían uniformes verde neón, mientras que los hombres iban todos vestidos de azul claro, lo que las mujeres consideraron un intento de vincular a los presos con el partido político de la líder opositora y premio Nobel de la Paz María Corina Machado.

Las autoridades venezolanas han acusado al partido de Machado de formar parte del complot para colocar una bomba. Su color oficial es el azul claro.

Durante el emotivo reencuentro, algunos presos lloraron, al igual que las esposas, madres y hermanas. Los reclusos preguntaron por sus hijos. Los hombres sabían que Maduro había sido destituido, pero no estaban al tanto de la protesta frente a la prisión.

Si los funcionarios del gobierno venezolano esperaban que la visita pudiera sofocar las protestas, se equivocaron. Preocupadas por el bienestar de los presos, las mujeres redoblaron sus esfuerzos.

“No me conformo con una visita. Yo quiero la libertad plena de mi familiar, y así como yo, están las demás”, manifestó Rosales una semana después de ver a su esposo. “¿Visitas semanales o cada 15 días? Se está perdiendo el tiempo, y la vida es un suspiro”.

Se reunieron con legisladores que debatían un proyecto de ley para conceder amnistía a los presos políticos. Presentaron documentos ante el tribunal y hablaron con abogados. Realizaron vigilias y rezaban a todas horas.

Mientras escuchaban música cristiana, que ayudaba a ahogar el bullicio de la ciudad, Mendoza, Rosales y las demás mujeres hablaban y hablaban. Se familiarizaron con las historias de cada una de ellas: sus ciudades natales, sus trabajos, sus religiones, sus tonos favoritos para el teléfono. Conocieron a los hijos de las demás por videollamadas o en persona.

Su hermandad se fortaleció cuando 10 de ellas comenzaron una huelga de hambre.

“Aquí lo que hay es pura perra de guerra, mujeres valientes, luchadoras, que a pesar de las adversidades siempre estamos juntas”, dijo Mendoza a los dos días de comenzar su huelga de hambre.

Rosales aguantó dos días sin comer. Mendoza llegó a los cinco. El sudor le goteaba por la frente y se quejaba de palpitaciones cuando abandonó y tuvieron que llevarla al hospital, débil, mareada y deshidratada.

Un virus estomacal se propagó por el campamento, lo que obligó a algunas mujeres a volver a casa. Otras, incluida Rosales, tuvieron que volver al trabajo. Únicamente otra mujer aguantó más que Mendoza, y sólo por unas pocas horas. La huelga terminó en el día 42 del campamento.

La esperanza se desvaneció lentamente durante las dos semanas siguientes.

Entonces, la noche del 6 de marzo, tal como lo había hecho un policía el día de San Valentín, otro salió y gritó los nombres de los presos que iban a ser liberados, y los hombres comenzaron a salir, arrastrando los pies por las puertas.

“¡Libertad! ¡Libertad!”, coreaba el campamento mientras las liberaciones se prolongaban hasta las primeras horas del 7 de marzo. Algunos se arrodillaron y dieron gracias a Dios.

Mendoza y Rosales volvieron a disfrutar su logro. Veinticinco hombres fueron liberados. Sin embargo, mientras veían a las familias abrazarse, reunidas, sintieron la familiar punzada de vacío. Sus maridos seguían tras las rejas.

Una tras otra, las familias reunidas se alejaban en sus autos. Rosales se arrastró hasta una tienda de campaña con un dolor de cabeza cegador. Mendoza se quedó de pie en silencio junto a las puertas oscuras de un almacén.

Otra prisión, otra visita

Al amanecer, el campamento estaba casi vacío. Mendoza, Rosales y unas pocas mujeres más tenían que tomar una decisión: podían continuar con sus protestas o volver a casa.

Mientras sopesaban su próximo paso, las esposas se enteraron de que sus maridos habían sido trasladados a una prisión en las afueras de Caracas. Se preguntaban si los hombres estaban siendo castigados por sus protestas. La prisión era mucho más dura que la comisaría. Era conocida por sus condiciones sofocantes, el abuso físico y psicológico, la comida insuficiente y una celda particularmente pequeña en la que los recién llegados eran hacinados durante varios días.

Decidieron continuar con su vigilia, pero perdieron ímpetu durante la semana siguiente. El 13 de marzo, en su 64to día acampadas frente a la comisaría, se rindieron. Mendoza, Rosales y algunas otras recogieron las tiendas y se dirigieron a casa.

La protesta se convirtió en espera junto a sus teléfonos, con la esperanza de que el gobierno les concediera otra visita. Esa llamada llegó dos semanas después. Esta vez, podían llevar a sus hijos.

El 5 de abril, día de Pascua, las mujeres tomaron un autobús desde Caracas. Mendoza iba acompañada por su hijo y su hija. Rosales acompañó a sus dos hijas y a su hijo, dejando a su bebé en casa con un familiar. Cada familia también llevaba algo especial para su preso.

Mendoza tenía algunos de los bocadillos favoritos de su esposo: cotufas (palomitas de maíz) y plátanos fritos. Rosales trajo un pastel para celebrar el reciente cumpleaños de su hija mayor, así como el suyo propio, que era ese mismo día.

La visita, según contaron las mujeres y los niños, estuvo llena de conversaciones principalmente sobre la vida y la familia. Entre novedades sobre la escuela y las citas con el dentista, las mujeres aseguraron a sus maridos que no se rendían con ellos. Sólo necesitaban tiempo para encontrar otra forma de recuperar su libertad.

Después de cuatro horas, su reencuentro terminó con abrazos y lágrimas, del tipo que las esposas han llegado a conocer como las de la despedida, no las de la bienvenida a casa.

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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.

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