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Ancianos defienden antigua tradición de tejer cedazos con crines y colas de caballo en Ecuador

En su humilde vivienda en las afueras del pueblo de Guangopolo, Ligia Ipiales separa cada hebra de una cola de caballo para tejer una malla delgada como la gasa, que luego será usada para elaborar un cedazo, una especie de tamiz de Ecuador que se resiste al olvido.

La mujer, menuda y delgada, tenía seis años cuando su madre le enseñó los primeros pasos de este oficio por el cual su pueblo fue conocido desde hace décadas no sólo en todo el país sino también en el sur de Colombia y el norte de Perú.

Sólo quedan nueve artesanos “cedaceros” en Guangopolo, ubicado a las faldas del cerro Ilaló y 27 kilómetros al este de la capital ecuatoriana. El menor es Guido Paucar, de 51 años, quien además es el único hombre del grupo. La mayor es Ipiales, de 76.

“Esta es la identidad de nuestro pueblo, si esto desaparece, Guangopolo se queda sin una parte de su identidad”, señaló Paucar con tristeza. “Somos lo última generación que hacemos cedazos”.

Tradición versus modernidad

Paucar relató que hace medio siglo unas 500 familias indígenas se dedicaban a confeccionar y vender cedazos y que llegaron a comercializar hasta 600 cada mes. Pero la irrupción de los cernidores de plástico y tejidos sintéticos hizo que los cedazos se redujeran a artesanías de exhibición sin casi utilidad en la vida cotidiana. “Ahora sólo vendemos hasta 10 cada semana”, añadió.

Según registros de este pueblo de unos 1.500 habitantes, desde hace unos 200 años se tejen los cedazos, una especie de tambor hecho con una fina capa de madera de 15 centímetros de altura que rodea el tejido de cola de caballo. Hasta fines del siglo pasado eran un elemento indispensable en todas las cocinas de Ecuador, donde eran usados principalmente para tamizar harinas.

Alicia Columbe, de 67 años, recordó que cuando era niña su madre la llevaba a recorrer parajes andinos con una carga de cedazos al hombro buscando clientes. “Era usual hacer trueque con la gente del campo, cambiar cedazos por maíz, habas, trigo”, rememoró con nostalgia. La última vez que hizo ese tipo de intercambio, aseguró, fue hace unos 25 años.

La modernidad ha planteado dificultades para adquirir el pelaje de caballo y la madera del árbol Pumamaqui, cada vez más difíciles de conseguir.

Hasta no hace mucho en los campos andinos el caballo era el indispensable compañero de las tareas agrícolas, pero ahora los campesinos prefieren las motocicletas y los tractores. El sur de Colombia, y eventualmente el centro andino ecuatoriano, se han convertido en las principales fuentes para adquirir las crines. Pero su costo es oneroso: alrededor de 100 libras —unos 45 kilogramos— cuestan 1.000 dólares.

Un arte sin herederos

El pelo de caballo es lavado cuidadosamente para eliminar impurezas y secado al ambiente. Luego se separan las fibras largas de las cortas y se forman pequeños grupos de cuatro hebras sobre una sencilla herramienta conocida como “guanga”, similar a un precario telar hecho de palos rústicos.

Sentados sobre el suelo con las piernas cruzadas, los tejedores se colocan frente a la “guanga” y el movimiento de sus dedos es tan rápido que engaña a la vista. Escogen cada hebra y la estiran y anudan hasta conseguir el objetivo: un tejido limpio, sin errores.

El centro artesanal El Cedacero, que cobija a estos últimos artesanos, ha ofrecido talleres y cursos para atraer a niños y jóvenes al oficio, pero el esfuerzo se ha diluido una y otra vez por la recurrente falta de interés de eventuales nuevos tejedores.

“Desde los seis o siete años nuestras madres nos enseñaban a tejer cedazos. En ese tiempo también se usaba el pelo del rabo de la vaca”, recordó Leonor Cuje, de 57 años. Con la elaboración de los cedazos las mujeres generaron ingresos extras para las familias y algunas incluso pagaron los estudios de sus hijos.

“Ahora ellos son profesionales y ya no quieren hacer esto”, añadió la mujer, mientras recorría con las manos una mesa cubierta con cedazos, pulseras y cepillos hechos con crines de caballo.

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