Protesta de camioneros en Canadá no es una “revolución de la clase trabajadora”; la verdad es más extraña

Empecemos a investigar quién está realmente organizando y financiando estas manifestaciones antivacunas supuestamente populares y las cosas comienzan a desmoronarse bastante rápido

Canadá | Protestas contra las normas sanitarias exigidas para cruzar la frontera con Estados Unidos
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Por primera vez desde que se tiene memoria, la derecha estadounidense quiere emular a Canadá. Un convoy de camioneros llegó a la capital canadiense, Ottawa, para protestar para los mandatos de vacunación para cruzar la frontera que requieren que muestren un comprobante de vacunación antes de que puedan reingresar a su país natal tras entregar mercancías en EE.UU. Permanecen instalados allí, donde continúan con sus manifestaciones disruptivas contra el gobierno nacional.

Para la gente al su de la paralela 49 que también se oponen a las medidas para frenar la propagación del covid-19, estos camioneros son nada menos que bolcheviques modernos que se enfrentan al zar Trudeau II. “Pocos eventos de los tiempos modernos han revelado el gran abismo que existe entre los gobernados y los gobernantes, especialmente en lo que respecta a la clase” escribe el anarcocapitalista Jeffrey A. Tucke . “Durante casi dos años, la clase profesional ha experimentado una realidad completamente diferente a la clase trabajadora”.

Kurt Schlichter, columnista del sitio web conservador Townhall, lo ha llamado una “rebelión de la clase trabajadora”. La “élite”, asumimos, es el Primer Ministro Justin Trudeau y su partido Liberal, que ostenta el poder desde 2015. La “clase trabajadora” son los camioneros.

La premisa es incorrecta.

Lo que está sucediendo en Canadá no es una “rebelión de la clase trabajadora”. No ilustra el “gran abismo” entre clases, aunque eso sin duda existe, y la pandemia lo ilustró. En su prisa por apropiarse de la retórica de la izquierda sobre la lucha de clases y su insistencia en ver al convoy a través del lente de la política estadounidense, estos comentadores y provocadores han caracterizado incorrectamente al convoy e ignorado, si no borrado por completo, este evento claramente canadiense.

Llamar a esto una “rebelión de la clase trabajadora” como hizo Sclichter, es exagerar la realidad. De acuerdo con una encuesta de Ipsos publicada esta semana, el 67 por ciento de los canadienses quieren que el gobierno imponga más restricciones a las personas no vacunadas, mientras que 49 por ciento culpan a los no vacunados por prolongar la pandemia. Más específicamente, hay 120.000 camioneros transfronterizos en Canadá, según la BBC. De ellos, la Canadian Trucking Alliance dice que el 90 por ciento están vacunados. Esto deja a 12.000 camioneros sin vacunar, todos por sus propios motivos.

Sin embargo, estos 12.000 aún representan una pequeña minoría comparada con el número de camioneros que han cumplido con los requisitos de salud pública. Según estos números, no es ni siquiera una rebelión de camioneros, mucho menos una rebelión de la clase trabajadora. De hecho, no ha habido una disminución notable en el número de camiones que cruzan la frontera desde que comenzó la rebelión.

Eso no quiere decir que las protestas sean pequeñas. El CBC informa que un “convoy de miles de camioneros y otros manifestantes” convergieron en la capital, y cientos más se unieron a ellos a pie. Sin embargo, es muy improbable que los 12.000 camioneros no vacunados hayan participado en el convoy. Es más probable que hubiera otras personas en esa multitud, personas con sus propias agendas.

De hecho, la principal organizadora de la manifestación es Tamara Lich, la secretaria del partido de derecha Maverick. Según el propio sitio web del partido, “Maverick se esfuerza por lograr una mayor justicia y autodeterminación para los canadienses occidentales a través del cambio fundamental o la creación de una nación independiente”. Así es: este partido marginal aboga por la secesión de las Provincias de la Pradera de la federación canadiense en lo que algunos denominan “Wexit”.

Si bien “Wexit” puede no ser un término original o una idea novedosa, es un sentimiento nacido de agravios reales de muchos en las Provincias de la Pradera. El concepto de “alienación occidental” es algo con lo que los canadienses estarán familiarizados. Según mi mejor entendimiento estadounidense, es una desconexión cultural y política que sienten las personas en Alberta, Manitoba, Saskatchewan y el interior de la Columbia Británica con el resto de la unión canadiense.

Estas provincias tienden a ser más conservadoras cultural, social y políticamente. Muchos de sus habitantes resienten lo que ven como un enfoque desproporcionado en Ontario y Quebec, que tienen mayores poblaciones y mayor peso político en el gobierno nacional. No quiero implicar que estos agravios no son legítimos, sin duda algunos lo son, pero agrega una capa a esta historia que muchos comentaristas estadounidenses parecen estar obviando. Tampoco sorprende que el convoy partiera de la Columbia Británica o que una funcionaria del Partido Maverick tuviera un papel tan importante en su organización.

Mientras que Lich ha enfatizado que esta manifestación no ha sido organizada en su calidad de secretaria de partido, el Partido Maverick no ha rehuido apoyar el convoy. “Esto realmente ha cobrado vida propia”, dijo el líder interino del partido, Jay Hill, al New York Times. Excepto que eso tampoco se confirma en los hechos.

Ayer, el Washington Post informó que la policía de Ottawa alega que un “elemento significativo” de EE.UU. estuvo involucrado en la organización, financiación y participación en el convoy. Quién está financiando y organizando este convoy es un asunto que James Menzies, el editor de Today’s Trucking y experto en camiones canadienses, planteó el 21 de enero, cuando el convoy apenas estaba poniéndose en marcha. Al destacar que se recaudaron US$900.000 a través de GoFundMe, Menzies señala que los fondos fueron reunidos nada menos que por Tamara Lich. Menzies explica su asociación con organizaciones extremistas de derecha, incluyendo una que “estaba vinculada con amenazas de muerte en contra [de Trudeau]”.

“Curiosamente, ella aparentemente no tiene una conexión directa con la industria camionera”, escribe Menzies, mencionando que trabajó en la industria del gas y el petróleo y como cantante, pero en ningún momento en la del transporte. Aun así, este dinero ha ido directamente a la cuenta bancaria de la organizadora, como siempre sucede con GoFundMe. Quizá la ambigüedad detrás de a quién y a qué se destinará el dinero recaudado (US$10 millones al momento de escribir este artículo) es la razón por la que GoFundMe detuvo la campaña en espera de más aclaraciones por parte de los organizadores.

Aunque el hecho de que Lich estuviera involucrada con una organización que amenazó con matar al primer ministro puede indicar que este es un acto político, no indica que sea un ataque contra “las élites de izquierda”, como han afirmado algunos comentaristas estadounidenses. Mientras que Justin Trudeau sin duda es de la élite (su padre es un ex primer ministro, después de todo), a duras penas es de izquierda, y ciertamente no lo es para los estándares canadienses.

Estados Unidos puede ser un sistema bipartidista, pero, afortunadamente para ellos, Canadá no lo es. Nuestro propio desarrollo político atrofiado podría significar que cualquier persona a la izquierda de Milton Friedman es socialista, pero así no es como funciona en otras naciones. Jagmeet Singh, el líder del Nuevo Partido Democrático, sin duda se enfadaría ante la idea de que el líder del Partido Liberal es un izquierdista; el nombre mismo de este partido nos dice todo lo que necesitamos saber.

Teniendo en cuenta todo este contexto, es difícil ver estas protestas de camioneros ya sea como una Revolución de Octubre del siglo XXI o un ataque a alguna especie de establishment de izquierda. La gente que erróneamente lo caracteriza como una “rebelión de la clase trabajadora” sabe esto también. Están tergiversando deliberadamente un problema canadiense para ganar puntos políticos con su público estadounidense. Es una vergüenza que, a diferencia del covid-19, no haya una vacuna contra la desinformación.

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