‘Cien años de soledad’: la parte 2 sigue deslumbrando, pero nos muestra un Macondo demasiado literal
La serie de Netflix no logra capturar la frontera porosa entre la magia y la realidad, tan brillantemente retratada en la novela de Gabriel García Márquez de 1967
Durante su vida, el autor colombiano Gabriel García Márquez, considerado por muchos el más grande escritor en lengua española de todos los tiempos, creyó que Cien años de soledad, su obra maestra de 1967, era imposible de adaptar al cine. “La novela, a diferencia del cine, deja espacio para la creatividad del lector, permitiéndole imaginar los personajes, los escenarios y las situaciones tal como los percibe”, declaró a un entrevistador en la década de 1980. Sin embargo, tras su fallecimiento en 2014, sus herederos actuaron con rapidez para adquirir los derechos del libro para una ambiciosa serie de Netflix, cuya segunda parte se estrena hoy, antes del largometraje final que llegará a finales de mes.
Una frágil paz se ha instalado en Macondo, el asentamiento fundado por el difunto patriarca de la familia Buendía, José Arcadio. Sin embargo, el coronel Aureliano Buendía (Claudio Cataño) sigue siendo un temido enemigo del conservador Estado colombiano. Mientras él se lamenta en la casa familiar, los gemelos Aureliano Segundo (Julián Román) y José Arcadio Segundo (Emmanuel Suaza) impulsan la dinastía Buendía. Aureliano se casa con la bella y aristocrática Fernanda (Laura Taylor) y se sumerge en una unión sin amor, pero fecunda. José Arcadio, por su parte, es el motor de la innovación en Macondo. Conspira para construir un ferrocarril que conecte el pueblo con el mundo exterior, trayendo prosperidad en forma de una voraz compañía bananera. “¿Acaso nuestros sacrificios no darán fruto?”, reflexiona Aureliano. Pero pronto, el sueño de su padre comienza a pudrirse y Macondo se ve sometido a la brutal violencia de la modernidad.
Cien años de soledad es una historia que se desarrolla en una bruma onírica, mitad historia, mitad parábola. En cierto modo, se adapta bien al formato de Netflix. Retomando la historia donde la dejó la primera entrega de 2024, esta segunda temporada continúa la narración a través de la cuarta generación de los Buendías y hasta el siglo XX. La adaptación es fiel y minuciosa, utilizando los propios escritos de Márquez en la narración elíptica de la serie (con la voz de Jesús Reyes) y cubriendo cada punto de la trama de la novela con detalle. “Extraviado en la soledad de su inmenso poder, [Aureliano] empezó a perder el rumbo”, dice el narrador a los espectadores, y hay un consuelo en la calidad literaria del guion.
Sin embargo, la obra de Márquez es célebre por su realismo mágico trascendente, por esos momentos en que la frontera entre la fantasía y la realidad se desdibuja. En la página, esto resulta desorientador, desestabilizando la relación entre el lector y sus expectativas. Pero en la pantalla, todo se siente más literal. La ascensión de Remedios, la bella (Daniella Reyes), por ejemplo, lo ilustra con crudeza. Se eleva con gracia beatífica hacia los cielos mientras los personajes la observan boquiabiertos y el narrador lee las palabras de Márquez. “Desapareció para siempre, en la atmósfera, donde ni siquiera las aves más altas de la memoria pudieron alcanzarla”, nos dice. Pero la extrañeza de este momento —su apertura a la interpretación— queda neutralizada por las imágenes, por impactantes que sean. Esto hace que la obra se sienta más concreta, menos ambigua.
Lo que queda es un esfuerzo admirable por llevar a la pantalla la mejor novela latinoamericana. Y los directores de la serie, Laura Mora y Carlos Moreno, logran plasmar la ambición de la adaptación: recrear, a gran escala, el bullicio de la vida en Macondo. Dado que la adaptación es escrupulosamente fiel, la peculiar dinámica sexual de la novela se mantiene (“¡Hice de todo menos darte el pecho!”, le dice una tía incestuosa a su sobrino mientras él la manosea) y el celo es bastante implacable. Pero cuando la serie llega al clímax de la novela —una recreación de la masacre de las bananeras, donde trabajadores en huelga fueron asesinados a tiros por las fuerzas gubernamentales colombianas— el elenco y el equipo se entregan a la quietud. Es una secuencia impactante, bellamente interpretada y puesta en escena con auténtica sensibilidad.

Pero cualquier adaptación de Cien años de soledad será juzgada, en última instancia, por su éxito al evocar la esencia de la obra de Márquez. “Ya no podía distinguir dónde terminaba la realidad y dónde comenzaba su locura”, relata la matriarca Úrsula (Marleyda Soto), describiendo el sueño de su esposo, José Arcadio. Y si bien esta frontera difusa es crucial para la novela, es algo que la adaptación televisiva se esfuerza por emular. Netflix ha invertido en una adaptación deslumbrante y meticulosamente fiel —que, afortunadamente, no hace grandes concesiones al público occidental—, pero persiste la sensación de que la resistencia de Márquez podría haber estado justificada. Algunos momentos resultan mágicos, otros realistas, pero la serie no logra capturar ese instante alquímico en el que ambos se combinan.
Traducción de Sara Pignatiello



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