La indignación impulsa a los republicanos de ultraderecha

Tras la presidencia de Donald Trump, la capacidad de provocar indignación se ha convertido en un factor clave en la política estadounidense

EEUU-CONGRESO-INDIGNACIÓN
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El líder de la minoría en la Cámara de Representantes Kevin McCarthy parece haber encontrado una estrategia para gestionar al puñado de legisladores republicanos que han provocado escándalos por sus comentarios violentos, racistas y en ocasiones islamófobos.

Si no puedes, controlarlos, asciéndelos.

La senda al poder para los congresistas republicanos está ahora vinculada a su capacidad para generar indignación. La alarmante retórica, y la creciente recaudación de fondos que provoca, es otro ejemplo de cómo el expresidente Donald Trump ha dejado su huella en la política y cambiado la forma en la que los republicanos ganan influencia y autoridad.

El éxito en el Congreso que antes se medía por las leyes aprobadas y los votantes a los que se llegaba, ahora se valora en muchos aspectos por la capacidad de llamar la atención, aunque sea negativa, mientras el Partido Republicano intenta recuperar la mayoría en la cámara baja movilizando a los defensores más férreos de Trump.

Eso ha ayudado a impulsar a un grupo de parlamentarios de ultraderecha como los representantes Lauren Boebert, de Colorado; Marjorie Taylor Greene, de Georgia, y Paul Gosar, de Arizona, cuyos comentarios provocadores les habrían convertido en parias en otra época.

En lugar de ser castigados por ataques personales que incumplen las reglas tradicionales el Congreso, han sido recompensados por los conservadores, que han hecho grandes contribuciones a las campañas de Boebert y Greene.

“No somos el margen. Somos la base del partido”, dijo la semana pasada Greene, que en el pasado ha apoyado llamadas a asesinar a demócratas conocidos, en un podcast presentado por el exasesor de Trump Steve Bannon.

La estrategia de escasa intervención de la cúpula republicana les permite difundir discursos de odio, teorías conspirativas y desinformación que puede tener consecuencias en el mundo real, además de poner a prueba la resolución de los demócratas, que ya han destituido a Gosar y Greene de sus comités.

También es un rumbo distinto al que adoptó McCarthy en 2019, cuando despojó al entonces representante Steve King, de Iowa, de sus puestos en comités por lamentar que la supremacía blanca y el nacionalismo blanco se hubieran convertido en términos ofensivos.

Boebert ha protagonizado el ejemplo más reciente.

En dos videos difundidos hace poco, comparaba a la representante Ilhan Omar, demócrata de Minnesota y que es una de los tres musulmanes en el Congreso, con un terrorista que escondiera una bomba en una mochila. Boebert también se ha referido varias veces a Omar como miembro de un “equipo yihad”, y la ha descrito como “de corazón negro” y “malvada”.

Sus comentarios provocaron condenas generalizadas y llevaron a peticiones de que Boebert fuera la tercera parlamentaria republicana expulsada este año de los comités del Congreso. Pero en lugar de ofrecer una disculpa pública a Omar, Boebert insistió desafiante en que debía ser Omar quien ofreciera un disculpa pública “al pueblo estadounidense” por su retórica “antiestadounidense”, así como por comentarios “antisemitas” pasados, que fueron condenados por los demócratas en su momento.

En medio del revuelo posterior, Omar recibió amenazas de muerte, incluido un mensaje de voz de un hombre que la llamó “traidora” y dijo que pronto sería “borrada de la faz de la (improperio) Tierra”.

“No podemos hacer como si este discurso de odio de políticos destacados no tuviera consecuencias reales”, dijo Omar el martes, cuando pidió al Partido Republicano que “de verdad haga algo para combatir el odio antiislámico en sus filas”.

Boebert, por su parte, se reafirmó con una aparición en Fox News en la que señaló a los demócratas que “quieren cancelarme” por la controversia. En lo que va de año ha reunido 2,7 millones de dólares, lo que la sitúa entre los líderes de recaudación del partido, según documentos publicados de financiamiento de campaña.

McCarthy, posicionado para convertirse en presidente de la cámara si los republicanos recuperan la mayoría en las elecciones de media legislatura de 2022, restó importancia a la controversia el viernes. Reconoció el mérito a Boebert por tratar de disculparse en privado con Omar en una llamada telefónica y pasó de largo por su rechazo a hacerlo en público.

“En Estados Unidos, es lo que hacemos”, dijo. “Y después seguimos adelante”.

Pero McCarthy también ha indicado que habrá pocas consecuencias por los ataques personales. Apenas el mes pasado dijo que los sancionados por los demócratas podrían optar a ascensos si él asume la presidencia de la cámara, y planteó la posibilidad de que Gosar y Greene “puedan tender mejores cargos en comités” de los que ocupaban antes.

Eso también plantea un difícil dilema para los demócratas. Durante una reunión interna el miércoles, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, condenó el comportamiento de Boebert pero advirtió que hacía falta moderación.

“Esto es difícil porque esta gente lo hace por la publicidad”, dijo Pelosi, según una persona que estaba en la sala y que insistió en mantener el anonimato para comentar deliberaciones privadas. “Hay que considerar cómo contribuimos a su recaudación y su publicidad sobre lo ofensivos y repugnantes que pueden ser”.

En muchos casos, los incentivos de provocar indignación pueden superar a las consecuencias que supone.

Greene llegó este año al Congreso con un historial bien documentado de declaraciones polémicas. Como exseguidora de las teorías conspirativas de QAnon, una vez planteó que una adinerada familia judía podía haber utilizado láseres espaciales para provocar incendios en California.

También ha acosado a sobrevivientes de tiroteos escolares, acusado a Pelosi de cometer crímenes punibles con pena capital y en 2019 apareció en un video en el Capitolio en el que afirmaba que Omar y otros parlamentarios musulmanes no eran miembros “oficiales de verdad” del Congreso porque no habían jurado su cargo sobre la Biblia.

Desde que fue elegida, ha empleado sus constantes ataques y momentos de fama viral para reunir 6,3 millones de dólares -más de tres veces el coste de la campaña media en el Congreso- además de convertirse en una oradora popular en actos de recaudación del partido en todo el país.

“Si dices algo delirante, loco, si dices algo extremo, vas a recaudar dinero”, dijo la representante Nancy Mace, republicana de Carolina del Sur y una de los pocos republicanos que ha criticado abiertamente la retórica de sus colegas. Mace, que discutió abiertamente con Greene la semana pasada, dijo que la legisladora de Georgia es “una estafadora de primera línea” que se aprovecha de “conservadores vulnerables”.

Gosar, criticado el mes pasado por compartir un video de animación que le mostraba asesinando a la representante demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, de Nueva York, no es un recaudador tan prolífico. Pero se ha convertido en una figura valorada por los nacionalistas blancos y acude a actos de ultraderecha como un evento en Florida el pasado febrero presentado por Nick Fuentes, una estrella de internet que ha defendido creencias supremacistas blancas.

Aun así, algunos republicanos dicen que sólo porque los tres hayan alcanzado una cierta fama, no significa que hayan ganado influencia real o poder de permanencia.

“Siempre llega algún comunicador con talento”, dijo el representante Tom Cole, republicano de Oklahoma con 10 legislaturas de experiencia y que puso de ejemplo a los congresistas elegidos en 1994, cuando los republicanos tomaron el control de la Cámara de Representantes por primera vez en décadas. “Estamos muy lejos de saber cuánto tiempo se quedarán. Muchas de las estrellas más brillantes del curso de 1994 habían desaparecido en ocho años”.

Además, señaló, “La realidad es que en los primeros seis años, lo que único que va a hacer uno es lo que le permitan”.

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